Cómo tratan las potencias la adquisición de suelo por parte de los extranjeros

Señores del G-20, vengo a sus países a comprar toda la tierra que quiero 


¿Se puede adquirir todo el suelo que queramos con una tarjeta black o una chequera enorme? En este relato ficticio relatamos el periplo de un nuevo rico argentino que intenta quedarse con muchas hectáreas en las potencias del Grupo de los 20.

Pablo G. Ramos


Como me gané el premio mayor del Powerball, que es la lotería mayor de Estados Unidos, tengo una cuenta bancaria con los 100 millones de dólares que se repartieron. Y tras haber trabajado tantos años en el INTA conservo ese apego por la tierra. Por eso decidí salir a comprar unas 10.000 hectáreas en cada uno de los países integrantes del Grupo de los 20 (G-20), que son los países serios. Me cargaron toda la tarasca en una cuenta y me dieron una tarjeta Black ilimitada. Lo he logrado.

Damos por hecho que nos van a dejar comprar suelo en cualquier lado. Restringir la adquisición de tierra —es decir, impedir el incremento del patrimonio personal— es atentar contra la propiedad privada, y eso dice el gobierno argentino que es de comunistas.

El 4 de agosto, el Senado de la Nación se aprestaba a sancionar la Ley de inviolabilidad de la propiedad privada, que en su artículo 3 eliminaba las restricciones a la adquisición de suelo por parte de extranjeros. Debido a las movilizaciones en contra, el oficialismo optó por eliminar ese artículo y, por ende, continúa vigente la Ley N° 26.737, que permite a los extranjeros adquirir hasta un 15 % del territorio nacional, provincial y departamental.

Suponemos que si acá se impidió que cualquier inversor pueda comprar toda la tierra que quiera y donde sea fue porque somos socialistas. En cambio, los países serios deben estar abiertos a que cualquier poligrillo como yo pueda comprar todos los acres, hectáreas, leguas y demás medidas de superficie que desee.

Como pobre diablo devenido por el azar en cienmillonario, armé un equipo con abogados, contadores, traductores y algunos amigotes y organizamos el «Compro 10.000 hectáreas en cada país serio del mundo Tour». Y una tarjeta.

Puse a dos o tres asistentes a armar los paquetes de viaje y les ordené que no repararan en gastos: solo volaríamos en primera clase y nos hospedaríamos en las mejores suites de los mejores hoteles de 5 estrellas de las mejores capitales de los mejores países del mejor mundo, que son los miembros del Grupo de los 20 (G-20). En total, un grupo de 14 personas, no todas ellas útiles, pero no íbamos a reparar en gastos.

Como la capital más cercana del G-20 es Brasilia, decidí alquilar un jet privado: un Gulfstream V / G550, el mismo modelo que usa Messi. No uno parecido. El mismo. No íbamos a reparar en gastos.

Salimos desde la terminal VIP de Aeroparque y, tras apenas tres horas y media de vuelo bailando la conga y tomando caipirinhas y fernet, aterrizamos en la pista ejecutiva del Aeropuerto Juscelino Kubitschek de la capital brasileña.

De ahí, directo en las combis hasta el Royal Tulip Brasília Alvorada —a metros de la residencia presidencial— para acomodarnos en sus suites y producirnos para la primera compra de tierras en el país vecino. Porque el que tiene guita hace lo que quiere.

Después de desayunar y ponernos nuestras mejores galas, los 14 fuimos con la tarjeta Black a la sede del Instituto Nacional de Colonização e Reforma Agrária (INCRA) a hacer la primera adquisición de nuestro tour edáfico. A Brasil fuimos sin traductor. Con un poco de portuñol y buena voluntad, además de la cuenta de banco repleta.

Nos recibieron en una oficina estilo Niemeyer con una sonrisa y un cafezinho. Después de escuchar que quería comprar 10.000 hectáreas en Brasil porque soy un nuevo rico y no soy comunista, los funcionarios se miraron entre ellos, se levantaron y fueron a otra habitación. Pudimos escuchar cómo se reían a carcajadas. No entendíamos por qué.

Luego volvieron recompuestos y nos dieron amablemente una copia de la Ley Federal N° 5.709. Mis abogados la hojearon. Me resumieron que, en Brasil, la suma de todas las tierras rurales en manos de extranjeros no puede superar el 25 % de la superficie de un municipio. Además, para comprar más de 50 Módulos Fiscales, se necesita la aprobación previa del Congreso Nacional y del Consejo de Defensa Nacional.

El funcionario de mayor rango nos dijo: «Se quiserem, podemos alugar um par de hectares para plantar soja por um tempo limite, mas o título de propriedade do solo brasileiro nenhuma conta estrangeira leva. Próximo, por favor». Nos levantamos y nos fuimos. Cuando salíamos, creí escuchar «O Ferran Torres mandou um abraço» (1), pero no entendí qué quiso decir.

¡Vine por 10.000 hectáreas, no por un lotecito para plantar soja en el Mato Grosso!

Enojado, mandé a mi gente a coordinar el tramo hacia México. Allá seguro que voy a poder comprar mis tierras. Soy un extranjero con plata, y todos aman a los extranjeros con plata y desprecian a los extranjeros andrajosos.

No pude comprar todas las tierras que quería en Brasil.

Para bajarnos un poco del poni (o porque nos dimos cuenta de lo que costaba mantener el jet privado dando vueltas), mandamos el Gulfstream de vuelta a Buenos Aires y compramos catorce pasajes en Ejecutiva en un vuelo de línea. Hicimos escala en San Pablo y nos subimos al Boeing 787 Dreamliner de Aeroméxico directo al Distrito Federal.

Al desembarcar en la otrora capital azteca, nos instalamos en las mejores suites del Four Seasons sobre Paseo de la Reforma, listos para salir a conquistar el suelo mexicano con la tarjeta Black haciendo humo. Cenamos comida muy picante y la rematamos con una ronda por los bares de alta coctelería en la colonia Roma Norte. No íbamos a reparar en gastos.

Al otro día, aún con resaca de tequila, salimos para la Riviera Maya. Allí construiría mi imperio en México de 10.000 hectáreas con vista al mar Caribe y a los delfines. Cuando le contamos nuestra idea al agente de bienes raíces, puso cara rara y nos envió a hablar con la oficina del municipio. Llegamos al centro de Cancún y, tras intercambiar palabras con un funcionario, sacó un ejemplar de la Constitución Nacional, donde señalaba el artículo 27. La ley le prohíbe taxativamente a cualquier extranjero ser dueño directo de tierras en la llamada «Zona Restringida», una faja de 100 kilómetros a lo largo de las fronteras y 50 kilómetros a lo largo de las playas.

Nos explicó que podíamos usar la figura del fideicomiso bancario —donde un banco mexicano es el dueño real del título y el extranjero solo tiene el uso por tiempo limitado—. Nos despedimos, y a lo lejos escuché algo así como que «del segundo nadie se acuerda…».

¡No, papá! ¡Soy cienmillonario! Si estos mexicanos todavía siguen con eso de la revolución de Zapata no es mi problema. «Ahora cruzamos el río Bravo y ahí sí voy a comprar toda la tierra que quiero», le dije a mis abogados, que todavía mantienen el entusiasmo.

No pude comprar todas las tierras que quería tampoco en México.


La tierra de la libertad

«Florida es ideal. No hace falta casi que hable inglés, nunca hace frío, y tengo vuelos a Argentina cada diez minutos», les dije a mis 13 acompañantes, aunque me parece que vi a alguien nuevo. No le di importancia.

Usamos otro jet privado, en este caso un Bombardier Challenger 850, como el que usa el rapero Jay-Z. Nos alojamos en el Faena Hotel Miami Beach —en sus suites de lujo con vista al Atlántico y obras de arte de millones de dólares en el lobby—, disfrutamos de las playas de arena blanca, como buenos argentinos hicimos shopping in excess y coordinamos una cena de negocios con un bufete corporativo de primera línea para firmar las opciones de compra de un par de «ranchos» gigantes. No íbamos a reparar en gastos.

En Prime 112, el mítico steakhouse de South Beach donde se junta la élite financiera, nos reunimos con un equipo de abogados que hablaban con un marcado acento cubano. El del traje más caro miró los pasaportes argentinos, bajó los anteojos y nos detuvo en seco. Nos explicó que en Florida rige la ley SB 264, que prohíbe taxativamente a extranjeros comprar suelo agrícola o terrenos cerca de infraestructura crítica. Y que tanto allí como en Texas y otras 24 jurisdicciones se estaban aprobando normas similares para «proteger la seguridad alimentaria nacional».

El letrado nos explicó que cualquier adquisición de grandes extensiones de tierra por parte de un comprador no residente, además, requiere la revisión y aprobación del CFIUS (Committee on Foreign Investment in the United States), un organismo interministerial integrado por el Departamento del Tesoro, la Secretaría de Agricultura (USDA) y el mismísimo Departamento de Defensa —el Pentágono—.

—¡Pero yo tengo solvencia, transferencia inmediata! ¿Mi plata no vale? —grité exasperado.

Hubo un silencio incómodo. El abogado cubano pidió la cuenta, la apoyó en la mesa y se retiró junto a sus colegas. Tuve que pagar la opípara cena para 20 personas (14 nuestros, cuatro de ellos y un amigote mío que se apareció con dos chicas locales) y no pude comprar ni una chacra…

Cuando nos retirábamos escuché un «Primero la ley… segundo, Argentina…». Supongo que estaba dirigido a otros.

No pude comprar las hectáreas que quería tampoco en EE. UU.

Otra vez otros 14 pasajes en primera clase, aunque ya tengo ganas de reducir la comitiva. Hay algunos que creo que todavía no aportaron nada. Hasta ahora el tour fue un fracaso, pero nos hemos divertido bastante. Los junté a todos y les dije con entusiasmo: «¡Montreal nos espera!». Mi abogado me corrigió. Tenemos que ir a la burocracia de la capital de Canadá, no a la ciudad más cosmopolita y divertida.

Desembarcamos en Ottawa. Para no pasar vergüenza en el país bilingüe, contratamos a dos traductoras locales: una para el inglés y otra para el francés. Nos alojamos en el imponente Château Laurier, una mole de piedra que parece un castillo sacado de un cuento de hadas sobre el Canal Rideau.

Luego de una salida cultural, cena y tragos para 14 personas —aunque podría asegurar que éramos impares—, a la cama, porque al otro día nos esperaban funcionarios del Ministerio de Agricultura e Innovación.

Ya a media mañana del día siguiente, en las sobrias oficinas ministeriales, mis dos intérpretes traducían en simultáneo con un tono casi diplomático mi deseo de adquirir 10.000 hectáreas de suelo fértil a una funcionaria canadiense, quien nos escuchaba con una paciencia infinita y una sonrisa imperturbable.

Al terminar la traducción, la empleada tomó la palabra y, en un impecable francés que mi traductora me susurró al oído, nos dio la bienvenida... y la negativa.

«Apreciados amigos argentinos, en Canadá la tierra es un bien protegido. Bajo la ley federal de prohibición a compradores no residentes y las regulaciones agrícolas de la provincia de Ontario, ningún extranjero puede adquirir grandes extensiones de suelo arable. Agradecemos su interés, pero no están en venta». Y a continuación dijo algo que la traductora del francés no me tradujo y la traductora de inglés lo tradujo al inglés: «Vous avez vu ce que ça fait d'être les finalistes, les petits oignons?» (2)

La traductora de inglés asentía con la cabeza, la de francés casi lloraba de la emoción por la elegancia y dicción del discurso, y yo me quedé con las manos vacías otra vez. Ni con traductores dobles, ni con el castillo, ni con los dólares.

En Canadá tampoco pude comprar una mísera hectárea ni en el territorio de los inuits.

Tras recibir una negativa diplomática de la chica que traducía del francés a una invitación mía a tomar un café, le dije ya no sé a quién de mi delegación que nos íbamos directo a Bruselas. Le pregunté a uno de los contadores cómo van los números. Me dijo que llevamos recorridos 23.000 kilómetros y gastados 550.000 dólares. Ante mi inocultable cara de angry new rich, me aportó una buena noticia: llevamos acumuladas 15.000 millas por pasajero. No supe cómo tomar esa información inútil.


Cruzar el charco hacia la sensatez europea

Después de escuchar lo que llevamos gastado me enojé. No tanto por la eficiencia sino por la falta total de eficacia: no compré una mugrosa hectárea de tierra y llevo gastado medio palo verde. Una amiga —que ni me acordaba por qué vino— me dijo que era jueves, así que íbamos a llegar un viernes a Bélgica y ya nadie iba a atendernos. Propuso volar a París y tomar un tren a Bruselas el domingo a la noche. Acepté convencido de que en el Viejo Continente sí nos iban a entender y que la Ciudad Luz ayudaría a desenojarme.

Aterrizamos en París y paramos en el Hotel Plaza Athénée. Pasamos el fin de semana tapando la frustración entre compras en las boutiques de la Avenue Montaigne, varias botellas de champagne en la Place Vendôme y banquetes para 16 —no sé por qué somos 16— que pagué sin mirar la cuenta.

El domingo a la noche nos subimos a la primera clase de un tren Eurostar en la Gare du Nord y en hora y media desembarcamos en Bruselas. Nos alojamos en el Steigenberger Wiltcher’s, en la carísima Avenue Louise. Esa misma noche pedimos gofres belgas con chocolate amargo y más botellas de Dom Pérignon a la suite, mientras uno de mis amigotes intentaba convencer a las dos traductoras de ir a un casino. Ninguna cedió. Y yo me pregunté qué hacían todavía con nosotros las traductoras canadienses. Preguntas que no tendrán respuesta clara.

Al día siguiente cruzamos la ciudad rumbo al Edificio Berlaymont, la imponente sede en forma de cruz de la Comisión Europea. Si en Norteamérica nos atendieron funcionarios, acá nos recibió la santísima trinidad de la euroburocracia: tres directores con carpetas colmadas de normativas, sellos verdes y directivas ambientales.

Con las dos traductoras trabajando a la par —una en inglés para la sala, la otra en francés para el protocolo belga—, desplegué mi ambición:

—Quiero 10.000 hectáreas en el territorio de la Unión Europea. La mejor tierra arable que tengan en Francia, Alemania e Italia. Pago con transferencia directa.

Los eurócratas ni se inmutaron. Con una sobriedad germánica, la del medio abrió un manual de 400 páginas y nos recitó la Directiva sobre Transacciones de Tierras Agrícolas y la política del Pacto Verde (Green Deal):

—Monsieur, en la Unión Europea la tierra agrícola no es un activo financiero de libre mercado. Para evitar el acaparamiento de tierras por capitales especulativos, rige el derecho de preferencia para jóvenes agricultores locales. Además, para ser titular, usted debe acreditar residencia fija en el municipio, título habilitante de agricultor profesional y un plan de descarbonización a 30 años con certificación de biodiversidad.

La traductora de francés me miró con lástima. La de inglés directamente ni tradujo la mitad para no amargarme la mañana. Se lo agradecí sin decírselo.

Les ofrecí pasar la Black por un saldo generoso ahí mismo para saltearnos la certificación de biodiversidad. Me miraron como si les hubiera hablado en marciano. Nos acompañaron amablemente a la salida, escoltados por tres euroguardias.

Tampoco pude comprar ni una hectárea aunque sea en una colonia europea.

Salimos del edificio echando espuma por la boca. Escuché algo en medio alemán, holandés o similar y que sonó a «Het Argentijnse voetbal is lang niet zo goed als het Europese voetbal» (3).

Abrí Google Maps en mi iPhone 17, tipié «Moscú», le di un manotazo a la pantalla, el celular cayó al piso y se rompió en nuestras caras. Señalé con el dedo hacia el lugar donde yo creía que estaba el Este.

—Nos vamos a Moscú. Allá hay un tipo solo que manda y si le transferís los millones te vende hasta la Plaza Roja.

Mientras la cada vez más parasitaria comitiva avanzaba pregunté al montón:

—¿Por qué los eurócratas siguen hablando en inglés si los ingleses los dejaron plantados hace rato?

Nadie contestó, así que sugerí comprar otro iPhone.

Ya no sé quién es la que gestiona los pasajes y las estadías, pero estoy seguro de que pidió para 17 pasajeros. Y para colmo, nos enteramos de que no hay vuelos directos entre la Unión Europea y Rusia a raíz de las sanciones. Tuvimos que sacar diecisiete pasajes en primera clase por Turkish Airlines haciendo escala en Estambul, pagando tarifas desorbitadas por el cambio de último momento. En un instante de paz durante el vuelo me di cuenta de que a las reuniones cada vez somos menos los que asistimos, pero a la cena y a las salidas cada vez somos más.

Aterrizamos finalmente en el aeropuerto de Sheremetyevo en Moscú. Nos alojamos en el Four Seasons Hotel Moscow, con vistas directas a las cúpulas de la Plaza Roja. Pedimos vodka de reserva, caviar negro sobre blinis y banquetes imperiales para la comitiva inflada.

«Acá sí que la billetera manda», me dije entusiasmado.

Al día siguiente, vestidos con abrigos de piel y custodiados por traductores de ruso contratados a precio de oro, nos presentamos en el Rosreestr —el Registro Federal de la Propiedad—. Desplegué los mapas y pedí 10.000 hectáreas. Los funcionarios nos escucharon con cara de póquer y sacaron del cajón la Ley Federal N° 101-FZ (Código de Tierras).

El funcionario a cargo nos explicó sin anestesia que los ciudadanos y empresas extranjeras tienen prohibición absoluta para ser propietarios de tierras agrícolas en Rusia. Solo permiten alquileres a largo plazo, pero la propiedad sigue siendo del Estado o de ciudadanos rusos. Para colmo, por las sanciones no podíamos ni mover los dólares por transferencia bancaria.

A la salida del edificio de reminiscencias soviéticas, un empleado público dejó como al pasar un «Россия не место для вице-чемпионов!» (4). Será la forma de despedirse de los moscovitas.

Tampoco pude comprar ni una helada hectárea cubierta de permafrost en el extremo de Siberia.

Masticando bronca en el lobby del hotel, uno que ya me había olvidado que había venido con nosotros agarró la revista de una aerolínea, miró la lista de países y me dijo:

—Che... acá dice que Turquía es un país del G-20.

Lo quedé mirando fijo. Habíamos parado en Estambul a la ida y ni se nos ocurrió preguntar. Envalentonados, la gestora sacó diecisiete pasajes más —lo cual me llamó la atención— y volamos de regreso a Ankara, la capital turca. Nos alojamos en el JW Marriott, contratamos traductores de turco y fuimos directo al Ministerio de Medio Ambiente, Urbanización y Cambio Climático (TKGM).

Ahí nos dieron la bienvenida con té en vasos con forma de tulipán y con la fría letra de la legislación. Nos explicaron que, bajo la Ley de Propiedad Inmobiliaria N° 2644 (Artículo 35), los extranjeros tienen un tope estricto de 30 hectáreas por persona en todo el país, y jamás pueden comprar tierras agrícolas o estratégicas en zonas de seguridad militar. Nos ofrecieron unos acres en una zona en conflicto con la población kurda.

—¡No quiero problemas étnicos, quiero 10.000 hectáreas! —le grité al traductor. Entre dientes contestó: «Ay'a ayak basan ikinci insanı hatırlayan var mı? Ya da Dünya Kupası'nda ikinci olan kişiyi?» (5).

Salí del ministerio hirviendo de bronca. Ni Rusia, ni Turquía. Miré el mapa de Asia Occidental y apunté al desierto:

—Nos vamos a Arabia Saudita. Allá sobra espacio, sobran petrodólares y los reyes hacen lo que quieren.

En Turquía tampoco pude comprar una medida de superficie ni en las ruinas troyanas.


El futuro está en el Índico

En el vuelo hacia Riad el contador volvió a acercarse, esta vez con la calculadora en la mano y la voz temblorosa. Me informó que habíamos cruzado la barrera del millón de dólares en gastos. Para ser precisos, llevamos gastados 1.080.000 dólares, el 1 % de todos nuestros activos. ¿Y qué generamos? Cero. Cero hectáreas, cero inmuebles, cero activos fijos. Solo 38.000 millas acumuladas por cada uno de los 17 pasajeros que ahora integran este circo. Pero la Black se la rebanca.

Aterrizamos en la capital saudí con el termómetro marcando 45 grados a la sombra. Nos alojamos en las suites reales del Ritz-Carlton Riad —un palacio rodeado de fuentes y olivos de 600 años—. Para atenuar el calor, pedimos banquetes servidos en vajilla de oro y jugos de frutas exóticas para toda la delegación.

Al día siguiente, vestidos con trajes de lino blanco comprados en París y acompañados por dos traductores de árabe contratados a tarifa ejecutiva, fuimos al Ministerio de Medio Ambiente, Agua y Agricultura. Desplegué mi pedido habitual: 10.000 hectáreas para inversión directa con pago inmediato.

Un funcionario con túnica e imperturbable mirada nos sirvió café con cardamomo y nos entregó un folleto en inglés sobre la visión estatal. Nos explicó que desde la promulgación del Real Decreto N° M/2, la propiedad de la tierra agrícola en el Reino está reservada exclusivamente a ciudadanos saudíes y a empresas de los países del Consejo de Cooperación del Golfo.

—Si usted quiere invertir, bienvenido, pero el suelo es de la Corona y de la fe islámica. Ningún extranjero compra un metro cuadrado de nuestra tierra —nos tradujo el intérprete mientras el funcionario sonreía con fría amabilidad—. Podemos ofrecerles 10.000 camellos, si son de su agrado.

Tuve ganas de gritar, pero éramos muy visitantes. Nos despedimos y en un papel nos escribieron lo siguiente: «لو لم يخسروا أمامنا في عام 2022، لكانوا أبطالاً بلا هزيمة» (6) 

Salimos del palacio masticando arena. 

Tampoco pude comprar ni un médano en la zona en conflicto con los hutíes. Cero hectáreas en Arabia Saudita.

—¡Vamos a la India! Se mueren por un extranjero que quiera comprarles tierras.

Para salir de Riad rumbo a la India, la gestora no consiguió un solo vuelo de línea con 17 asientos disponibles en primera clase de un saque. Tuvo que hacer una alquimia aerofinanciera: nos dividió en dos tandas y nos despachó en los vuelos de Emirates vía Dubái. Volamos en las suites privadas del Airbus A380, con ducha a bordo a diez mil metros de altura, caviar ilimitado y choferes esperando en la pista. Para cuando desembarcamos en el Aeropuerto Internacional Indira Gandhi de Nueva Delhi, la temperatura rondaba los 43 grados con un 90 % de humedad que se te pegaba a la piel como una toalla mojada.

El choque fue directo contra la pared. Salir de la terminal VIP fue pasar de la anestesia del aire acondicionado al mar humano: hordas de gente por todos lados, un enjambre infinito de tuktuks tocando bocina y un calor que derretía el asfalto. Nos alojamos en The Leela Palace, una mole imperial en el barrio diplomático de Chanakyapuri. Nos metimos en sus suites con piscinas privadas en la terraza y mandamos a pedir banquetes de cocina del norte indio al restaurante Jamavar.

Pedimos cordero al curry, biryani de cordero y un chicken tikka masala con un nivel de picante que los mozos nos advirtieron con una reverencia. Una de mis amigas que nunca supe el nombre, en su afán de hacerse la guapa, se mandó dos cucharadas de salsa vindaloo de un bocado. A los veinte minutos estaba blanca como un papel, chorreando transpiración fría y pidiendo a gritos un médico mientras dos contadores la llevaban a la rastra al baño de la suite con un colapso digestivo que la dejó fuera de combate por el resto de la escala.

Al día siguiente, fuimos solo cuatro al Ministerio de Desarrollo Rural. Acompañados por intérpretes de hindi contratados a tarifa corporativa, desplegué el pedido de siempre: 10.000 hectáreas con fondos garantizados para producción.

Nos atendió un comité de funcionarios con vestimentas tradicionales y una paciencia bíblica. Escucharon el discurso de la libertad de mercado, revisaron los antecedentes de mi cuenta y el jefe de asesores nos negó la compra apoyándose en la Ley de Ajuste de Tierras Agrícolas y en las normas sobre no residentes.

—En la India, la tierra arable es el sustento sagrado de cientos de millones de familias campesinas. Un extranjero no residente jamás puede ser dueño directo de suelo agrícola. Sin embargo —agregó sonriendo mientras juntaba las palmas en saludo—, si le interesan las tradiciones locales, podemos tramitarle la compra de 10.000 elefantes domesticados para uso agrícola. ¡Namasté!

Salimos a la marea humana de Nueva Delhi sofocados, con un colado menos en la calle y masticando la derrota.

No pude comprar ni una hectárea en zona en disputa con Pakistán. Cero hectáreas en la India.

A la salida del hotel, el gerente nos despidió con un «हमने 2022 में आपके लिए चीयर किया था। हमने इस वर्ल्ड कप में आपके लिए चीयर किया था। फाइनल में आप सच में डरपोक थे।» (7).

¿Por qué no me hablan en un idioma que entienda?

—¡Nos vamos a Indonesia! —le ordené a la gestora mientras la colada de la salsa vindaloo volvía a la comitiva pálida y con una botella de suero en la mano—. Yakarta tiene miles de islas, alguna me van a vender.

Dejamos la India pagando la abultada cuenta médica del hotel y nos subimos a 17 asientos en primera clase por Singapore Airlines rumbo a Yakarta, haciendo escala en el Aeropuerto Changi para gastar miles de dólares en las tiendas libres de impuestos. La Black se la rebanca.

Aterrizamos en la capital indonesia. Si Delhi era un horno, Yakarta era directamente un sauna flotante rodeado por un tráfico paralizado de millones de motos. Nos instalamos en las suites del Raffles Jakarta, en el corazón financiero de Kuningan. Para levantar la moral del grupo, organizamos una cena privada en el restaurante Arts Café: pedimos sate de Wagyu con salsa de maní, cangrejos gigantes de fango condimentados con chile dulce y botellas de vino de bodega francesa a precios astronómicos.

A la mañana siguiente fuimos al Ministerio de Agronomía y Ordenamiento Territorial. Entre sonrisas, reverencias y tazas de té de jazmín, desplegué la propuesta de las 10.000 hectáreas en cualquier isla del archipiélago. El funcionario indonesio nos sacó un ejemplar de la Ley Agraria Fundamental (Undang-Undang Pokok Agraria).

—En Indonesia rige el principio constitucional de que el suelo pertenece a la nación. Un extranjero no puede tener el derecho de propiedad (Hak Milik). Lo máximo a lo que puede aspirar es a un derecho de uso (Hak Pakai) por tiempo limitado, y únicamente si fija su residencia permanente en el país.

—¡Pero yo no quiero alquilar un uso, quiero ser el dueño absoluto! —protesté.

El funcionario me sirvió más té y dio por terminada la reunión con una sonrisa impenetrable.

Volvimos bajo una lluvia monzónica que inundaba las avenidas. Subimos a nuestras combis y regresamos al hotel. Le dije a mi asistente de logística —así prefiere que la llame a María Martha— que nos vamos directo a Pekín. A la salida del hotel rumbo al aeropuerto, el gerente nos despidió con una reverencia y nos dijo: «Bagaimana mungkin mereka kalah di final melawan Spanyol!» (8).

Cero hectáreas en Indonesia. Ni siquiera en Krakatoa, al este de Java.


Ahora creo que el futuro está en Oriente

Volamos a Pekín por Air China. Arribamos al Aeropuerto Internacional de Pekín-Daxing. En la Sala VIP nos abordaron funcionarios del Gobierno. En un español muy sofisticado nos explicaron que ellos ya sabían de nuestras intenciones y de nuestros fracasos reiterados en la adquisición de tierras, y que China es un gran mercado productor y vendedor de casi todo, menos de superficie y de pandas. Ante nuestros ojos excesivamente agrandados por la información repentina y la veracidad de nuestro periplo, se adelantaron a cualquier propuesta nuestra de dejar el país explicándonos que no había vuelos.

—Veo aviones yendo y viniendo —protesté.

—Pero están todos llenos —me respondieron.

Nos sugirieron que nos alojásemos (y les hicimos caso) en The Peninsula Beijing. Ocupamos dos pisos enteros del hotel. La comitiva parásita no disimuló su rol de turistas de lujo y aprovechó para hacer compras masivas en los mercados tecnológicos y boutiques exclusivas.

Una vez que supieron que hicimos uso y abuso de la Black en tiendas locales, un funcionario acompañado de una traductora se acercó a nosotros a explicarnos por qué no podíamos comprar un metro cuadrado en ese país. Tras dos horas de monólogo burocrático, nos explicaron que la compra de suelo fértil por parte de privados extranjeros está estrictamente prohibida por la Constitución y el régimen de propiedad estatal de la tierra.

Sin embargo, para sacarles más jugo a la Black, nos organizaron una «visita de cortesía» a un centro comercial estatal donde la delegación terminó comprando computadoras, teléfonos de última generación y aparatos electrónicos similares a los que ya habíamos comprado el día anterior.

A la salida del hotel, una de las traductoras locales me miró fijamente, sonrió con frialdad y me dijo en chino mandarín: «兄弟應該團結,這是第一法則。如果他們能贏得比賽,那我們就更像兄弟了。» (9).

Subimos al avión rumbo a Tokio con las valijas llenas de tecnología y las manos vacías de tierra.

Ya parece aburrido, pero cero hectáreas compradas en China, ni siquiera en el desierto de Gobi.

Aterrizamos en el Aeropuerto de Haneda. Tokio nos recibió con un despliegue de pantallas OLED, trenes de levitación magnética y una pulcritud que daba miedo. Nos alojamos en el Aman Tokyo, ocupando los últimos pisos de una torre en Otemachi con vistas al Palacio Imperial. Pedimos banquetes de carne de Kobe, sashimi de atún rojo de aleta azul y botellas de whisky Hakushu de 25 años para los integrantes.

A la mañana siguiente nos presentamos en el Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca. Dos funcionarios nos recibieron con reverencias sincronizadas al milímetro. Desplegué mi pedido de siempre: 10.000 hectáreas arables abonadas al instante.

El funcionario de mayor jerarquía abrió un libro de actas y comenzó por invocar formalmente la Ley de Propiedad de Tierras por Extranjeros y las estrictas regulaciones sobre suelo agrícola de la Ley de Tierras de Cultivo (Nōchi-hō), aclarando que el Estado limita de forma drástica la venta de suelo estratégico y fértil a no residentes. A continuación, desplegó un mapa topográfico en tres dimensiones sobre la mesa y nos explicó, con una cortesía quirúrgica, que en un archipiélago montañoso como Japón tampoco existe semejante superficie continua de tierra agrícola llana.

—Sumimasen, señor. Salvo por las prohibiciones legales y la falta de espacio, la única parcela continua de esa magnitud en la región de Kanto se encuentra en las inmediaciones del monte Fuji. Podríamos vendérsela hoy mismo. Eso sí, deberían aprender a lidiar con Godzilla, ya que están ubicadas dentro de su zona de contención —nos tradujo el intérprete con la cara totalmente seria.

Tuve que pedirle que me lo repitiera. Los dos japoneses hicieron una nueva reverencia en silencio, sin mover un solo músculo de la cara. Salimos a la calle sintiéndonos estafados o burlados.

Antes de irnos decidimos pasear por la zona céntrica de Tokio. Fuimos a Akihabara y la comitiva se descontroló por completo: compramos montones de peluches gigantes, figuras de colección y hasta nos convencieron de hacer cosplay. Terminamos caminando por la calle vestidos como personajes de Dragon Ball y Pokémon, haciendo el ridículo más espantoso de Oriente. Para rematar, se nos ocurrió tomar cuatro taxis ejecutivos desde el hotel hasta el aeropuerto que nos salieron lo mismo que los pasajes desde Shanghái.

Al subir a las combis, el gerente de relaciones públicas del hotel nos hizo una reverencia de noventa grados y soltó: «2022年のサウジアラビア戦は素晴らしかったですね!» (10).

Cero hectáreas en Japón. Pero dos chicas disfrazadas de personajes de Pokémon que se acoplaron a la delegación en el aeropuerto.

Volamos a Seúl por Korean Air. Nos instalamos en el Signiel Seoul, el hotel ubicado dentro de la torre Lotte World Tower, a quinientos metros de altura. Pedimos barbacoa coreana con carne Hanwoo, botellas de soju de reserva y caviar para la comitiva.

Al día siguiente fuimos al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Asuntos Rurales en la ciudad burocrática de Sejong. Nos atendió un viceministro rodeado de asesores con tablets. Escuchó mi propuesta de las 10.000 hectáreas, revisó el estado de cuenta y nos dio una respuesta diplomática digna de una novela de ciencia ficción:

—En Corea del Sur, la Ley de Tierras Agrícolas protege severamente el suelo fértil para los agricultores locales. Sin embargo, tenemos una propuesta para usted: podemos preaprobarle la adjudicación de 10.000 hectáreas al norte del paralelo 38. Ustedes pagan por adelantado y las tierras se les entregan el día que se concrete la reunificación pacífica con Corea del Norte.

Me quedé mirando al viceministro esperando que se riera. Nadie se rió. Nos entregaron un certificado simbólico en papel de arroz y nos acompañaron a la puerta. El papel tenía unos garabatos que destacaban en negrita: «메시가 은퇴하면, 우리는 10년 후에야 그들을 따라잡을 수 있을 겁니다.» (11)

A la salida del edificio, masticando la derrota con un diploma inservible en la mano, llamé a uno de los contadores y le exigí un arqueo de caja inmediato sobre la vereda.

El contador sacó la tablet china que nos sugirieron comprar en Pekín, ajustó los lentes y leyó las cifras con voz temblorosa:

—Jefe... llevamos recorridos más de 45.000 kilómetros. Salimos de Turquía con un millón ochenta mil dólares gastados, y sumando el Ritz de Riad, la comilona de picante en Delhi, los cangrejos de Yakarta, el secuestro comercial consentido en Pekín y los hoteles de cinco estrellas de Tokio y Seúl, la cuenta da exactamente 1.800.000 dólares.

—¿Y cuántas hectáreas tenemos? —le grité desesperado.

—Cero, señor. Pero ya acumulamos 52.000 millas por pasajero.

Sentí que me hervía la cabeza. Mires donde mires, el circo me estaba saliendo una fortuna. Miré el mapa del Pacífico y apunté al sur:

—Nos vamos a Australia. Los australianos son descendientes de ingleses, tienen un continente entero desierto y aman el ganado. Si no me venden tierra allá, cerramos el boliche.

Cero hectáreas en Corea del Sur. Una promesa firmada para el día que caiga el régimen de Pyongyang. Y una surcoreana fanática del fútbol argentino que se sumó al contingente.


De vuelta al Hemisferio Sur

A esta altura ya no sabíamos qué día era, qué hora marcaba el reloj ni en qué hemisferio estábamos parados. El desfase horario y los vuelos en primera clase nos tenían flotando en una nebulosa permanente.

Volamos por Qantas a Sídney. Aterrizamos, nos alojamos en el Park Hyatt con vistas a la Ópera y nos pasamos todo el primer día boludeando: excursión en yate por la bahía, tragos en la playa y fotos con canguros que pagué de mi bolsillo para la delegación.

Recién a la mañana del día siguiente preguntamos en recepción con quién teníamos que hablar por nuestro tema de la compra de tierras agrícolas. El recepcionista nos miró con compasión y nos explicó que los asuntos del Gobierno federal y las aprobaciones de inversión extranjera no se manejan en Sídney, sino en Canberra, la capital.

Como ya era viernes al mediodía, nos dimos cuenta de la terrible verdad: habíamos perdido todo el fin de semana. Otra vez encerrados en un hotel de lujo pagando banquetes y suites de cinco estrellas para un ejército de colados hasta que abrieran las oficinas el lunes.

Para rematar el despropósito, se me ocurrió la brillante idea de alquilar cinco camionetas SUV ejecutivas para trasladar a toda la comitiva por ruta desde Sídney hasta Canberra. La distancia directa es de apenas 285 kilómetros por la autopista Hume Highway, un trayecto que habitualmente demanda unas tres horas de viaje tranquilo.

Pero nadie en la delegación sabía que en Australia se maneja por la izquierda.

El viaje fue una carnicería vial. Entre los contadores encandilados con los carteles al revés, mis amigos mordiendo la banquina cada dos kilómetros y las maniobras suicidas en las rotondas, tardamos más de diez horas en llegar. Nos paró la Policía Federal Australiana no menos de cuatro veces. Nos labraron multas acumuladas en los cinco vehículos por andar a contramano, invadir el carril opuesto y hacer girar a la derecha como si estuviéramos en la Avenida del Libertador. Pagué todas las infracciones con la Black sobre la ruta para que no nos metieran a todos presos.

Llegamos a la capital destrozados y con las camionetas abolladas. Nos alojamos en el Hyatt Hotel Canberra y a la mañana siguiente fuimos directo al Ministerio de Agricultura, Pesca y Silvicultura.

Nos atendió una junta de funcionarios australianos altos, de piel roja por el sol y trajes impecables. Acompañado por los abogados, desplegué el pedido habitual de las 10.000 hectáreas directas.

El presidente del comité nos frenó con una sonrisa socarrona y sacó un manual de la Junta de Revisión de Inversiones Extranjeras (FIRB).

—Señor, en Australia la adquisición de tierras agrícolas por parte de inversores extranjeros no residentes está sujeta a una fiscalización exhaustiva del Estado para proteger la soberanía alimentaria. Salvo que constituya una sociedad local y demuestre un beneficio público claro para la Commonwealth, no le vamos a vender un solo acre de suelo.

Dio un golpe sobre la mesa, miró a su secretario y agregó soltando una carcajada:

—Sin embargo, como tenemos una sobrepoblación feroz que nos está destruyendo el ecosistema, si quiere le armamos un contenedor y se lleva 10.000 conejos y 10.000 dingos salvajes para su campo.

Nos pusimos de pie masticando la humillación. A la salida del edificio, mientras nos acompañaban a las camionetas abolladas, el funcionario me dio una palmada en la espalda y me soltó a la cara: «Only winners become champions» (12).

Nadie me lo tradujo. Subimos a los vehículos en silencio.

Cero hectáreas en Australia. Decenas de miles de dólares en multas de tránsito.

El último país del G-20 que nos quedaba visitar era Sudáfrica. Para evitar errores pasados pregunté cuál era la capital. La piba coreana dijo que Sudáfrica tiene tres capitales.

—¡Averigüen a cuál hay que ir para estos temas!

La chica coreana, que tenía una camiseta de la Selección con el 10 en la espalda, me dijo que deberíamos ir a Pretoria. Esta piba, en esos cinco minutos de conversación, había sido más útil que más de quince de mi comitiva inicial.

Le encargué a la gerenta de logística que organizara el viaje a Sudáfrica. Me explicó no sé qué sobre unos argentinos que se venían con nosotros desde el consulado y, con eso, alcanzamos la cifra récord de veintidós personas en la delegación.

El viaje de Australia a Sudáfrica no es directo. Así que sacamos veintidós pasajes en Virgin Australia entre Canberra y Sídney. Un paseo final por la ciudad más poblada y más linda del país isla-continente, traslado al Aeropuerto Internacional Kingsford Smith para abordar un B787 Dreamliner de Qantas a Johannesburgo. El servicio de la principal aerolínea australiana es de cinco estrellas y la Black se aguanta esto y mucho más.

Un poco menos de 15 horas después arribamos a Johannesburgo. Al mirar a todos pude constatar que con la tercera parte de los 21 que me acompañan no hablé nunca. Aproveché y me presenté con todos, repasamos qué se compró cada uno y le saqué la ficha a los más derrochadores. Un tipo que tiene un poco menos de cien palos verdes en la cuenta tampoco puede ser muy severo con los gastos.

Me enteré de que podíamos viajar en tren hasta nuestro destino, así que compramos pasajes ordinarios en el Gautrain y enviamos todos nuestros bártulos con un transportista. En menos de una hora habíamos llegado a Pretoria, listos para la cena.

Como Pretoria era la última parada antes de volver a Argentina nos alojamos también a lo grande. Fuimos al Castello di Monte y pagué por la villa entera, con terraza panorámica, piscinas, jardines privados y servicio de mayordomo las 24 horas.

Los mandé a todos a bañar —algunos olían mal— y reservé la totalidad del Forti Grill & Bar para 23 personas (se me hacía que alguien se iba a colar) y ordené una entrada de carpaccio de cocodrilo y empanadas de avestruz, asado masivo a la leña con cortes de carne salvaje local: lomo de kudu, chuletones de springbok, salchichas artesanales boerewors y costillares de oryx, acompañado de pap y salsa chakalaka bien picante, y abundante vino blanco sudafricano.

Es cierto, todavía no compramos nada y solo nos queda la esperanza sudafricana. Pero tengo una cuenta bancaria enorme, cien palos verdes, plata dulce que la estoy disfrutando. De hecho, nos divertimos y apenas debo haber gastado una ínfima parte. Así que vamos a dejarlo todo.

Le pido al conserje que contrate unos DJs y algunos VIP locales para esta última noche. Un par de horas después de cenar somos unas cien personas bailando y bebiendo en las terrazas del hotel. La plata gastada en amigos es plata invertida. Y la Black se la banca.

Al día siguiente, los que se levantaron temprano me acompañaron a un safari privado en la Reserva de Caza Rietvlei (Rietvlei Nature Reserve), a minutos del centro de la ciudad. Estuve básicamente rodeado de las mujeres de la delegación por primera vez. Pude hablar de fútbol con la coreana y tratar de coquetear con una de las niponas infructuosamente porque no hablaban más que japonés. Para rematar, terminamos la tarde jugando unos hoyos de golf en el Pretoria Country Club, donde la comitiva rompió dos carritos de golf y pagué las multas sin remordimientos.

A la mañana siguiente nos presentamos en el Union Buildings, la sede del Gobierno sudafricano encaramada en la cima de Meintjieskop. La comitiva de veintidós personas cayó en un despliegue dantesco: los abogados con trajes arrugados, los contadores cargando las tablets chinas, las dos chicas japonesas todavía puestas las orejas de Pokémon y la piba coreana luciendo la 10 de la Selección en la espalda.

Nos recibió una comitiva del Departamento de Agricultura, Reforma Agraria y Desarrollo Rural (DALRRD). Al frente del salón encabezaba el subdirector general: un tipo alto, imponente, vestido con un traje diplomático impecable y una sonrisa de dientes blanquísimos que no auguraba nada bueno.

Desplegué mi libreto habitual sin anestesia, ya de memoria y con el desgano de quien sabe que va a chocar contra un paredón: diez mil hectáreas arables, transferencia inmediata acreditada, dólares limpios listos para transferir.

El subdirector escuchó en silencio, cruzó las manos sobre la mesa y soltó una risita baja que resonó en todo el despacho. Miró el expediente que le alcanzaron sus asesores y acomodó la voz con la solemnidad de un fallo judicial.

—Señor, en Sudáfrica el acceso a la tierra fértil no es una simple transacción de mercado. Es el asunto político y social más sensible de nuestra historia reciente. De acuerdo con nuestra Ley de Redistribución de la Tierra y los marcos constitucionales vigentes, el Estado prioriza estrictamente la restitución, el reasentamiento de comunidades históricamente desposeídas y la soberanía alimentaria nacional.

Hizo una pausa dramática, miró a las veintidós personas que abarrotaban la sala y remató con elegancia quirúrgica:

—Un inversor extranjero no residente no puede llegar con la tarjeta de crédito a comprar diez mil hectáreas fértiles así como así. De hecho, el proyecto de Ley de Regulación del Dominio de la Tierra contempla la prohibición absoluta de que extranjeros posean tierras agrícolas en propiedad absoluta (freehold), permitiendo únicamente arrendamientos a largo plazo.

Dio un golpecito con la lapicera sobre el escritorio y concluyó con ironía:

—Salvo que su comitiva esté dispuesta a integrar un programa de desarrollo rural comunitario y quedarse a vivir en el Karoo a criar cabras Angora, no tenemos una sola hectárea disponible para usted.

Esta vez no reaccioné de ninguna forma. Lo asimilé con calma. En los 19 países del G-20 íbamos a poder comprar solo productos pero nada de tierras. Ni un metro cuadrado. En ninguno. La Black no pudo con eso. Nos despedimos con amabilidad y regresamos al hotel.

Cero hectáreas en Sudáfrica también. Ni un león ni una hiena. Pero no me cayó tan mal esta vez.

Me puse a pensar que gasté unos dos millones y medio de dólares en total, así que me quedan más de 97 palos. La ansiedad pudo conmigo y por primera vez me metí en la cuenta bancaria donde estaba todo mi capital y de donde se debitaban los gastos.

Las pulsaciones se fueron al infinito, tuve escalofríos, chuchos y visión borrosa. El desglose era categórico, frío y muy explícito: entre los pasajes de primera clase para la tropa, los hoteles de cinco estrellas, la tecnología en Pekín, los banquetes, las multas viales en Australia, las retenciones por exceso de equipaje acumuladas y la fiesta de anoche en la villa toscana, el arqueo arrojaba un número demoledor: 2.500.000 dólares patinados en 28 días.

Esto no era lo que me asustaba. El aliento se me fue con el resumen de las operaciones. En la pantalla OLED de la Xiaomi comprada en Pekín me figuraba con precisión primermundista que la Lotería de EE. UU. me había depositado cien millones de dólares, pero el gobierno federal se había quedado con 37 millones, el gobierno estadual con otros 31 millones y monedas, tuve una penalidad por pedir el cobro total y no en anualidades, más una comisión de gestoría y gastos por transferencias internacionales: en mi cuenta había recibido sólo 30 millones de dólares.

Iba a la par de la muerte. Nunca me habían depositado cien millones de dólares. Lo que se había acreditado en la cuenta hace un mes eran solo 30 millones limpios después del hachazo impositivo y las comisiones.

Miré el saldo final en la parte superior de la pantalla. Mi cerebro calculó la catástrofe en un segundo: a los 30 millones netos iniciales le restaba los 2,5 millones del arqueo de la gira, las comisiones de la tarjeta Black por consumos en el exterior y las diferencias de cambio transoceánicas. El saldo disponible actual era de, centavos más, centavos menos, 27.150.000 de dólares.

A este ritmo, a fin de año era un homeless. Me tiré en la cama mientras la comitiva gritaba en la piscina de abajo. Un rato después fui con ellos, le dije a la otra japonesa si quería venir conmigo a Argentina. No me entendió y siguió haciendo cosplay para sus redes sociales. Volví a mi habitación, me bañé y me vestí para viajar. Fui a la recepción, pagué todo, le encargué al hotel que dispusieran de mi equipaje y lo despacharan a Buenos Aires, me saqué una selfie y dejé a la comitiva que se siguiera divirtiendo.

Me subí a un taxi, fui al aeropuerto y tomé el primer vuelo a Brasil, para subierme ahí a un avión hacia Argentina. En clase económica. La Black ya empezaba a ser parte de mi pasado.

Decidí bajar el copete para siempre y entender que esa máxima de que «el que tiene guita compra la tierra que quiere y donde sea que quiera» es rigurosamente falsa.


  1. «Ferran Torres les manda un abrazo».

  1. «¿Vieron lo que se siente ser finalistas, pequeños bobos?».

  1. «El fútbol argentino no es tan bueno como el fútbol europeo».

  1. «¡Rusia no es lugar para subcampeones!».

  1. «¿Alguien recuerda al segundo hombre en pisar la Luna? ¿O al subcampeón del Mundo?».

  1. «Si no hubieran perdido contra nosotros en 2022, habrían sido campeones invictos».

  1. «Alentamos por ustedes en 2022. Alentamos por ustedes en este Mundial. En la final fueron unos cobardes».

  1. «¡Cómo pudieron perder la final contra España!».

  1. «Los hermanos deben ser unidos, esa es la primera ley. Si hubieran ganado el torneo, habríamos sido más como hermanos».

  1. «¡Qué gran partido el de Arabia Saudita en 2022!».

  1. «Cuando Messi se retire, en 10 años vamos a poder alcanzarlos».

  1. «Solo los ganadores se convierten en campeones».

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