¿Por qué un argentino no puede decir «no sé»?

ARGENTINADAS

¿Por qué un argentino no puede decir «no sé»?

No estamos en condiciones de sostener si nos hallamos frente a un mandato cultural ignoto o si disponemos de un cromosoma 24 que nos lo impide, pero un argentino promedio va a contestar siempre a una pregunta formulada, conozca o no la respuesta.

Pablo G Ramos

La Noticia Rebelde fue un programa icónico de la televisión argentina emitido entre 1986 y 1989 por ATC (antes Canal 7, hoy TV Pública). Tenía una sección recurrente y que consistía en salir con el móvil de exteriores a preguntarles a los transeúntes sobre hechos que jamás habían ocurrido o si podían explicar ciertos fenómenos del mundo físico.

Quienes caminaban por la calle Florida de Buenos Aires eran abordados por un periodista que les preguntaba amablemente su opinión sobre tal película o libro inexistentes, o si podrían explicar por qué se quema primero la piel de la nariz al tomar sol.

Por entonces me solían causar mucha gracia las respuestas pero sin despertar en mi ninguna curiosidad extra. Hasta que un día, uno de los conductores del programa y luego de esa sección, mirando fijo a cámara preguntó:

— ¿Nadie va a decir «no sé»?

Ese fue mi espasmo epistemológico.

Pero por entonces no tenía armada ninguna hipótesis, ni lo problematizaba demasiado ni tampoco inicié algún ensayo. Lo que sí me pasaba es que, consciente o inconscientemente, comenzó a llamarme la atención este comportamiento. Empecé a corroborarlo en forma acientífica en mi día a día, y pronto se generó la reacción. Dejó de causarme gracia y, por el contrario, ahora este comportamiento me molestaba cada día más.

La situación siguiente sirve muy bien para ahondar en la problemática.

Por circunstancias que no viene al caso aclarar, un pibe del secundario tiene que completar una serie de preguntas, está en la calle y decide preguntarles a los transeúntes. Es una ciudad cosmopolita donde, obviamente hay un argentino.

Pibe — Necesito contestar estas preguntas para la escuela ¿Alguien sabe cuál es la capital de Kazajistán y cuántos habitantes tiene?

Resto del mundo — No sé (sigue caminando)

Argentino — Para mi es Astana... un nombre así, tipo «Astana», Y mirá, por el tamaño en el mapa le pasan el tapo a Córdoba. fácil… deben andar en los tres millones de tipos.

Pibe — ¿A qué distancia está la luna de la tierra?

Resto del mundo — No sabría decirte (se disculpa)

Argentino — Yo creo que como anoche estaba enorme debe esta a unos 400 kilómetros. Como mucho te digo 450 si hay marea alta.

Pibe — ¿Cómo se trata una gastroenteritis vírica?

Resto del mundo — No sé… yo iría al médico.

Argentino — Me parece que eso es un empacho de acá a la China. Le tirás el cuerito, le das un tecito de paico bien liviano y santo remedio. Seguro le cayó mal el agua de la canilla, te firmo donde quieras.

Pibe — Última ¿por qué la bolsa de Beijing quebró su racha alcista?

Resto del mundo — No sé… googlealo.

Argentino — Pienso que como allá el viernes y es día del arroz o del panda, algo así,liquidaron todo para aprovechar el finde largo. Para mi… se apuraron.

Así que tres décadas y media después me siento a escribir este protoensayo sobre esa imposibilidad del argentino promedio de no decir «no sé».

Aclaración inicial: Este comportamiento se observa en la mayoría absoluta de los argentinos, independientemente de su clase social, su género, su formación, su orientación política o filiación futbolera. Ipso facto.

Dicho esto vamos a indagar en un par de hipótesis sobre las razones de esta forma de ser.

En primer lugar traigamos a la discusión la herida narcisista del «no sé». En la matriz cultural e idiosincrasia argentina, admitir que se desconoce un tema raras veces se vive como una muestra de honestidad intelectual, prudencia o duda metódica. Por el contrario, la confesión de la ignorancia se experimenta como una claudicación moral, una afrenta al honor o una herida narcisista insoportable.

Decir «no sé» no es un acto neutro: es percibido como un descenso directo a la «B» de la conversación, una pérdida de estatus frente al interlocutor y una derrota en la arena discursiva.

En segundo lugar, el Horror vacui dialéctico

Existe un pánico visceral a la vulnerabilidad cognitiva y a la irrelevancia social. Un argento promedio confunde tener una respuesta con tener una existencia. Siente que si dice «no sé», se vacía o desaparece del mapa conversacional.

Por ello, ante el abismo de la duda, el mecanismo de defensa automático es la verborragia y la invención instantánea de una narrativa plausible. Se opina no para aportar un dato certero al mundo, sino para no quedar desarmado ni perder posición en la arena.

A medida que fui conociendo gente de otros países advertí que no tenían reparos en preguntar o manifestar desconocimiento sobre determinado tema, y sus vidas continuaban sin demasiadas complicaciones.

A diferencia de sociedades donde la palabra empeñada sostiene un peso cívico y el error no forzado resta autoridad, en la Argentina opinar sin saber —vulgarmente «mandar fruta»— no paga ni tiene consecuencias sociales.

El fabulador urbano no sufre ningún tipo de sanción: si su indicación manda al transeúnte al lado opuesto de la ciudad o si su recomendación económica destruye ahorros, el emisor sigue caminando con la frente en alto. Al no haber costo por pifiar o fabular, la fabulación se vuelve un hábito naturalizado y la precisión pasa a ser una excentricidad.

¿Cómo se materializan estos comportamientos? Es fácil reconocerlos porque en general van precedidos de muletillas características. En reemplazo de «No sabría decirle» —lo cual, como afirmamos, lo condenaría a la oscuridad cognitiva— el argento usa «Me parece...» o «Yo creo que...».

Funcionan como comodines epistemológicos de la ignorancia. Permiten al emisor armar una hipótesis de cotillón en tres segundos sin la menor evidencia, liberándose por completo de toda responsabilidad legal, civil o moral sobre el destino del desdichado que escucha. Si la realidad desmiente la afirmación de manera categórica, el sujeto se ataja de inmediato con un paracaídas discursivo: «¿Así? Bueno… a mí me parecía». Y con estas seis palabras el sujeto pretende ser indultado y comprendido ad infinitum.

Si nuestro compatriota está envalentonado eleva de categoría epistemológica a su ocurrencia efímera. «Yo tengo una teoría...». Con esta frase pretende que la ocurrencia surgida en su lóbulo frontal hace escasos once segundos alcance el estatus de conjunto de ideas, conceptos y leyes organizadas que sirven para explicar y predecir un fenómeno de la realidad.

Con esta expresión, el argentino logra reducir una teoría a un sinónimo elegante y pretencioso de «se me ocurrió una boludez».

Cuando un desorientado frena el auto y le pregunta a un vecino que riega la vereda en chancletas por una dirección o una avenida, el local —incapaz de decir «no sé»— clava la manguera, mira al horizonte con aire de baqueano y le arma una cartografía delirante.

—Hacé cuatro cuadras derecho, doblás en la farmacia que está cerrada desde el 98, bordeás la vía y agarrás una cortadita— el visitante toma el dato como revelación divina y termina estacionado en un descampado a kilómetros del destino.

En contraste con la verborragia criolla, en geografías vecinas como Brasil la respuesta habitual ante el desconocimiento es un sobrio, sereno y amable «não sei te dizer». Este gesto representa un acto de generosidad y respeto por el tiempo del otro: el individuo reconoce su límite cognitivo sin que se le caiga ningún anillo ni sufra su autoestima, dejando al interlocutor libre para buscar a alguien que efectivamente tenga el dato preciso.

La conversación pública se convierte en un debate erístico donde no se busca la verdad ni la síntesis, sino ganar la discusión a los gritos, enredar al interlocutor y sostener posturas absurdas por puro orgullo. Se desencadena así un «efecto pororó»: una reacción en cadena de opiniones desordenadas que saltan sin rumbo ni mapa, contaminando la discusión con ruido, destruyendo el capital intelectual y sustituyendo la realidad material por un simulacro discursivo.

Otra consecuencia indeseable de este comportamiento es la coronación del «todologismo», es decir, «cualquier poligrillo puede opinar de cualquier tema porque es gratis».

Así, el encargado —nacido en Argentina– de servir el agua en el LIII Congreso Internacional de Cardiología le discute a los panelistas la importancia del corazón y la sangre; el chofer —también argentino— que traslada al Director de la NASA le cuestiona la velocidad de escape de la Tierra; el conserje —sí, argentino— del resort donde se aloja Roger Federer le explica cómo debió haber sacado para ser Número 1; y el pasajero que se sienta en el asiento contiguo del avión del funcionario de Hacienda de Japón —por supuesto, también argentino— le cuenta que «tiene una teoría» para mantener a raya a la inflación.

La opinión improvisada en dos minutos pretende valer lo mismo que décadas de estudio técnico o profesional.

Como afirmamos ut supra, no hay consecuencias. O si. Porque como argentinos que estamos atravesados por una sociedad que no sabe decir «no sé», no podemos hacer una pregunta referencial y creernos la primera respuesta. Tenemos que promediar. Perder tiempo energía y promediar.

Por supuesto, después de desarrollar toda esta pirotecnia conceptual en este protoensayo, alguien podría preguntarme con justa razón cuál es la solución definitiva para erradicar este mal endémico de nuestra idiosincrasia.

Ante semejante dilema, si fuera consecuente con todo lo aquí señalado guardaría un respetuoso silencio. Pero como soy profundamente argentino, tomo aire, miro al horizonte y declaro sin que me tiemble el pulso «yo tengo una teoría...».


Comentarios

Entradas populares de este blog

El perno suelto o por qué el mercado no se regula solo

Ya ni el pan es argentino

La utopía de los hechos