¿Qué es una burbuja?

ECONOMÍA PARA TODOS

¿Qué es una burbuja?

Los argentinos no estamos familiarizados con esta expresión aunque hemos experimentado reiteradas explosiones especulativas. La importancia de definirlas, reconocerlas y actuar a tiempo.

Pablo G Ramos

En el vocabulario económico global la palabra evoca el colapso de las hipotecas en Estados Unidos o España, y a la quiebra de firmas tecnológicas en Wall Street. En la Argentina nos suena a literatura importada porque preferimos llamarla bicicleta financiera, carry trade, atraso cambiario o tablita. Sin embargo, el fenómeno es exactamente el mismo y responde a una matriz histórica. En este país la burbuja no es un accidente episódico, sino el modo predeterminado de administrar la economía.

El primer paso para abordar el ente es saber qué es el ente. Una burbuja financiera es un fenómeno económico donde el precio de un activo se disocia por completo de su valor real y sostenible. Se infla a fuerza de euforia colectiva y expectativas mágicas hasta volverse insostenible.

Para entender el mecanismo con un ejemplo clásico de manual económico, imaginemos el mercado inmobiliario de un barrio de moda. El metro cuadrado arranca en mil dólares y, empujado por una demanda genuina inicial, escala a mil quinientos, dos mil y tres mil dólares entre sonrisas generales. Cuando el precio se disocia por completo de la realidad, el mercado frena de golpe. Algunos vivos venden a tiempo y aseguran la ganancia, pero el que compró en la cima descubre de pronto que nadie convalida su precio.

Cunde el pánico. Todos quieren salir al mismo tiempo, los precios se desploman por debajo del valor inicial y el metro cuadrado termina cotizando a novecientos dólares. La burbuja explota y, al final del recorrido especulativo, en esa ruleta pierden absolutamente todos.

Los espejismos de esta clase tienen una larga y tristemente célebre trayectoria global. Están los bulbos de tulipán que enloquecieron a los Países Bajos en el siglo XVII, la fiebre de las puntocom que arrasó con Wall Street a principios de este milenio o el colapso de las hipotecas subprime que sacudió al planeta en 2008.

El caso de los tulipanes —flores asociadas inmediatamente a la vieja Holanda— consistió en una frenética especulación donde un solo bulbo llegó a costar más que una mansión, hasta que nadie quiso convalidar semejante disparate y el mercado se derrumbó en cuestión de horas.

La fiebre de las puntocom hace referencia a la explosión masiva de empresas vinculadas a Internet en los noventa, cuyas acciones cotizaban a precios siderales impulsadas meramente por tener un «.com» en su nombre, aun cuando jamás habían ganado un solo centavo.

Y la burbuja de las hipotecas subprime coronó la estafa perfecta del siglo XXI. El sistema financiero regalaba créditos a personas sin ingresos comprobables bajo la promesa mágica de que los inmuebles subirían eternamente.

El razonamiento delirante era simple. Comprabas una casa a cincuenta mil dólares convencido de que se pagaba sola. En un año valdría cien mil, la vendías, cancelabas el crédito, pagabas los intereses y te quedabas con unos cuarenta mil dólares limpios generados de la nada.

Hasta que la rueda giró, las leyes de la gravedad económica volvieron a actuar y las casas, en lugar de irse de cincuenta a cien mil, se desplomaron a treinta mil.


La variante nacional

En nuestras pampas el mecanismo adopta disfraces autóctonos y nombres más simpáticos pero igual de destructivos. La bicicleta financiera, el carry trade y el atraso cambiario son nuestras versiones locales de la misma timba. Se promete un rendimiento financiero fabuloso divorciado de la economía real y se alimenta una fiesta insostenible a costa de reservas escasas.

El libreto local se repite de memoria con la precisión de un reloj suizo descompuesto. Los capitales golondrinas entran buscando una renta extraordinaria en dólares, celebran el espejismo de la estabilidad artificial y festejan el éxito de un modelo que recorta el futuro. Mientras tanto, el tejido productivo genuino se desangra bajo el peso de un tipo de cambio planchado.

Los capitales llegan al país en dólares, se convierten a pesos y cazan una tasa en pesos muy por encima de cualquier rendimiento en moneda extranjera. Mientras el tipo de cambio se mantiene planchado, el negocio es redondo porque las tasas locales se transforman en una fiesta de dólares.

El problema ineludible surge cuando el operador quiere asegurar su diferencia, se presenta en el Banco Central con sus pesos multiplicados y exige dólares para rajar a su país. Como la Argentina no imprime la moneda verde, el Banco Central necesita reservas genuinas o una superabundancia comercial para devolverlos.

Cuando los billetes no están, el semáforo financiero se pone en amarillo intenso. Y todos sabemos que después del amarillo viene el rojo inevitable.


La coartada de los notables

El rasgo más fascinante de estas tragedias anunciadas es el comportamiento de la inteligentzia económica y mediática oficial. Durante los diez minutos previos al estallido, los analistas del establishment niegan con vehemencia la existencia misma de la burbuja. Tildan de agoreros a quienes advierten el peligro y aseguran que esta vez las bases son sólidas y diferentes.

Apenas diez minutos después de la implosión y con los escombros todavía humeantes, esos mismos expertos adoptan una postura cínica y reveladora. Explicarán con gráficos sofisticados y rostros compungidos lo evidente que era la burbuja desde el principio. Te dirán que las señales cantaban el desastre y que nadie con dos dedos de frente podía ignorarlas.

Los bancos y los opinólogos nunca pagan por sus pifies y errores, y un par de años o meses después se reciclan y caminan sin cargo de conciencia.

Lo concreto es que así como la tierra gira alrededor del sol y la luna en derredor nuestro, hay una ley física que nunca falla en nuestra economía. Las burbujas financieras jamás se desinflan con elegancia. Las burbujas explotan siempre.

La alquimia de la timba financiera criolla nos devuelve siempre al mismo punto de partida con distintos actores. Construir sobre la arena de la especulación nunca fue un negocio de largo plazo para una sociedad que necesita trabajo y producción real.

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