Sin motivos para festejar
Día de la Industria
Sin motivos para festejar
El primer semestre de 2026 cerró con un descenso de casi dos puntos porcentuales en la actividad manufacturera interanual. El indicador no solo no se recupera, sino que profundiza un derrumbe que va por su tercer año consecutivo de caída y deja a la producción más de ocho puntos por debajo del ciclo previo.
Desde 1941, cada 2 de septiembre se celebra en la Argentina el Día de la Industria, en conmemoración de un hecho paradójico ocurrido en 1587 que no viene al caso profundizar. Habitualmente, «el día de...» invita a la celebración o al menos a la pausa reflexiva. Sin embargo, este nuevo onomástico de la actividad fabril encuentra al sector sin un solo indicador que permita acercarse al festejo.
Así lo ratifica el reciente relevamiento del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), que traza una radiografía preocupante sobre la matriz productiva tras casi tres años de gestión oficial. El Índice de Producción Industrial (IPI) muestra un retroceso promedio que supera los diez puntos respecto del período previo, mientras que el uso de la capacidad instalada retrocedió al 59%. Dicho en criollo: cuatro de cada diez máquinas en el país están totalmente paradas, con situaciones dramáticas en rubros clave como la metalmecánica y los materiales para la construcción, donde las caídas rozan el 30%.
Esta parálisis no es un dato abstracto de la macroeconomía, sino una sangría que se mide en persianas bajas y familias en la calle. Desde fines de 2023 a la fecha, la industria perdió más de 97.000 puestos de trabajo registrados, lo que representa una poda del 8% del empleo fabril. A la par, el mapa productivo nacional cuenta con 4.020 empresas menos, una contracción que golpea de lleno a las pequeñas y medianas industrias, empujadas al cierre, las suspensiones o los concursos de acreedores.
El fenómeno no es fortuito ni responde a un mero ciclo adverso, sino a un modelo con un marcado sesgo antiindustrial. La tormenta perfecta se compone de varios ingredientes: «el ajuste más grande de la historia» (Milei dixit), pérdida del poder adquisitivo, tarifazos energéticos y un desmantelamiento sistemático de las herramientas de fomento estatal —con la cancelación del Compre Nacional o el tijeretazo a organismos como el INTI—. A este combo se sumó un aluvión importador de bienes de consumo que alcanzó niveles récord (Ver Ya ni el pan es argentino en FACTOPÍA), asfixiando a la producción local frente al ingreso de productos terminados del exterior.
Cierres, suspensiones y la mirada global
El mapa de daños del CEPA le pone nombre y apellido a la parálisis. Sobre 180 casos relevados en el año, más de la mitad son PyMEs empujadas a despidos, suspensiones o al cierre definitivo. La sangría expone además un fenómeno insólito. Ni siquiera el empuje de los sectores primarios o extractivos logró traccionar a sus proveedores nacionales.
Pese a los récords en Vaca Muerta y la minería, la metalmecánica proveedora de tubos, estructuras y equipos cayó un 30,9%. Lo mismo ocurrió con la maquinaria agrícola, que retrocedió un 12,5% golpeada por la importación directa de unidades terminadas.
La dimensión del retroceso traspasa las fronteras. Según datos de la ONUDI, la Argentina ostenta el segundo peor desempeño industrial del mundo sobre 56 economías evaluadas, solo detrás de Hungría.
En la conclusión del CEPA subyace una certeza incómoda. Bajo las reglas de un esquema de apertura, atraso y desmantelamiento de la cadena de valor, al aparato productivo fabril solo le espera un camino de achique irremediable.
Por eso, este 2 de septiembre no hay cotillón posible. Para la industria nacional, la fecha dejó de ser un aniversario de festejo para convertirse en un ejercicio de pura resistencia.
Spoiler alert: el 2 de septiembre de 2027 tampoco habrá motivos de celebración en nuestras fábricas.

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