Radiografía del trabajo en la Argentina
El desempleo araña el 8%
Radiografía del trabajo en la Argentina
El mercado laboral no diferencia su derrotero del de la economía en general. Ponerle cifras con muchos ceros a los índices ayuda a comprender la magnitud del desastre.
Antes de ir a las cifras, algunas definiciones sobre economía y qué es lo que mide el INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos). A grosso modo, un país o una economía tiene una población total, y de ella una parte sustancial es (o debiera ser) la que está en condiciones de trabajar. La Economía (usamos mayúsculas cuando nos referimos a la ciencia económica) define como población en edad de trabajar (PET) a aquellos comprendidos entre los 10 y los 65 años aproximadamente, aunque el INDEC toma como referencia activa a la población de 10 años en adelante.
Pero no todos los que están en edad de trabajar quieren o pueden hacerlo: hay estudiantes, jubilados, rentistas o personas dedicadas exclusivamente a tareas del hogar no remuneradas. A quienes efectivamente trabajan o buscan trabajo de manera activa se los denomina Población Económicamente Activa (PEA). A quienes están dentro de la población en edad de trabajar pero por el motivo que sea no trabajan y no buscan trabajo, se los denomina Población No Activa.
En los 31 aglomerados urbanos que mide el INDEC, la PEA alcanza hoy a 14.731.000 personas, y a nivel país suele rondar históricamente entre el 40% y el 45% de la población total.
Sin embargo, este número no es estático: en momentos de bonanza, cuando un solo ingreso digno sostiene al hogar, la necesidad de buscar trabajo disminuye; en épocas de crisis e inflación desbocada, ocurre el efecto trabajador adicional, donde jóvenes y adultos mayores se ven forzados a salir a la calle para sumar cualquier ingreso de subsistencia, abultando la masa de gente que presiona sobre el mercado.
Acá aparece la primera definición clave y la gran trampa estadística: ¿qué significa estar «ocupado» para el INDEC?
La Encuesta Permanente de Hogares (EPH) sigue criterios internacionales fijados por la OIT en la década del 70. Para el organismo, una persona se considera "ocupada" si trabajó al menos una hora en la semana previa al relevamiento. Una sola hora. No importa si esa hora fue en un empleo registrado con paritarias y obra social, o si fue arriba de una bicicleta repartiendo dos pedidos para PedidosYa, limpiando un vidrio en la esquina o haciendo una changa ocasional para comprar pan.
Ahí es donde entra la trampa de la llamada economía de plataformas (Uber, Rappi, Cabify). A diferencia de una fábrica o un comercio tradicional que tienen un cupo limitado de empleados, las aplicaciones tienen una capacidad de absorción teóricamente infinita. Si mañana dos millones de personas se quedan sin trabajo, todas pueden bajarse la aplicación y salir a la calle.
El resultado de este fenómeno no es el desempleo cero, sino la precarización por saturación: en lugar de hacer diez viajes al día y juntar un ingreso digno, cada trabajador pasa a hacer dos viajes a la semana. Pero para la frialdad de la estadística, esa persona ya no forma parte del desempleo abierto; pasó a ser un «trabajador independiente». Las aplicaciones funcionan como la gran esponja que absorbe la desocupación formal para disolverla en subempleo de supervivencia. Esto no es una manipulación ad hoc de este Gobierno —la EPH se mide así desde siempre—, pero sí es el lente con el que hay que leer el 7,9%.
Para entender la gravedad del mercado laboral actual hay que abandonar la abstracción y contar personas. Si proyectamos los datos del INDEC sobre la población urbana relevada (30,12 millones de habitantes), las cifras se traducen en realidades abrumadoras.
Los desocupados absolutos suman 1.163.000 personas. Son quienes no trabajaron ni una sola hora y buscan un empleo de forma activa. Es el equivalente exacto a la población entera de la provincia de Chaco o la de Corrientes en situación de desempleo total.
La Presión Laboral Total alcanza a 4.889.000 personas. Es la suma de desocupados absolutos, subocupados que necesitan más horas y ocupados que buscan otro empleo porque el sueldo no les alcanza. Es prácticamente la misma marea humana que salió a las calles del AMBA a festejar la Copa del Mundo en diciembre de 2022 (estimada en casi 5 millones de personas). Esta vez, esa masa inmensa no marcha para celebrar, sino que camina la calle repartiendo currículums o pedaleando una bici de reparto para intentar llegar a fin de mes.
La masa sumergida en la informalidad alcanza a 6.100.000 personas. Representa a los asalariados sin aportes jubilatorio o en negro sumados a los cuentapropistas precarios. Para dimensionar esta escala: equivale a meter en una misma bolsa a casi toda la población de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires más la provincia de Santa Fe entera.
La trampa de la larga permanencia: 400.000 personas en el desierto. Dentro del universo de desocupados absolutos, cerca del 35% lleva más de un año buscando trabajo sin conseguir absolutamente nada. Para tomar dimensión de la masa de personas atrapadas en esta marginalización estructural, es el equivalente a toda la multitud que pasa cada 24 horas por la Estación Constitución de Buenos Aires caminando sin rumbo laboral durante más de 365 días.
Ante semejante diagnóstico, la pregunta inevitable es ¿cuánto tiempo y cuánto crecimiento hacen falta para absorber a esos 4,9 millones de personas en empleos de calidad?
Acá es donde las recetas simplistas chocan de frente con la evidencia histórica. Para calcularlo, hay dos ejercicios posibles: medir la capacidad histórica de la Argentina para generar empleo en períodos de bonanza o mirar los modelos internacionales de alta creación de trabajo.
Históricamente, la economía argentina demostró que por cada punto porcentual que crece el Producto Interno Bruto (PIB), el empleo formal registrado crece apenas entre un 0,3% y un 0,5% (lo que en economía se conoce como la elasticidad empleo-producto).
Si tomamos un escenario híper optimista donde la Argentina lograse crecer al 5% anual de forma ininterrumpida —algo inédito en las últimas cuatro décadas y que significa duplicar el PBI cada doce años—, la capacidad de absorción del mercado privado formal sería de unos 100.000 a 150.000 empleos netos por año.
A ese ritmo, absorber únicamente a la masa de desocupados absolutos (1,16 millones) llevaría entre 8 y 10 años. Pero si el objetivo es integrar a la totalidad de la masa bajo presión laboral y precarizada (4,9 millones), el proceso demandaría más de dos décadas de crecimiento ininterrumpido, un supuesto impracticable si no hay políticas de Estado estructurales cuya finalidad sea eliminar el desempleo, justamente.
Confiar en que por «cuestiones meramente de mercado» el empleo va a derramar soluciones rápidas es ignorar cómo funciona el capitalismo reprimarizado. Sectores como la minería, el petróleo, el gas o la agricultura avanzada son extraordinarios generadores de divisas y productividad, pero son capital-intensivos y no mano-de-obra-intensivos. Generan miles de millones de dólares, pero muy pocos puestos de trabajo directos.
Países que lograron transiciones rápidas de formalización no lo hicieron dejando actuar libremente a la oferta y la demanda. Lo lograron mediante políticas de desarrollo industrial y tecnológico que agregan valor local y demandan masa laboral intensiva; inversión masiva en infraestructura pública y logística (puentes, trenes, conectividad), que absorben mano de obra no calificada en el corto plazo y aumentan la productividad sistémica en el largo; e integración del sistema educativo y productivo para reconvertir a la masa de trabajadores informales.
Sin una estrategia explícita de desarrollo productivo y con la sola fe puesta en el ajuste fiscal o en la desregulación, el mercado laboral no se ordena: se polariza. La brecha entre una elite de trabajadores calificados y una inmensa mayoría atrapada en el cuentapropismo de subsistencia tiende a profundizarse.
Decir que el desempleo es del 7,9% y que el crecimiento «ya va a llegar para arreglarlo» es ignorar la física elemental del mercado de trabajo. La masa de casi 5 millones de personas que hoy buscan un ingreso no puede esperar dos décadas a que la gota derrame del vaso. Sin un proyecto deliberado de acumulación y empleo, el diagnóstico de la realidad seguirá mostrando que, aunque cambie el discurso, la cancha siempre nos queda demasiado larga.

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