El termómetro trucado y la ficción del porcentaje

LA POBREZA AVANZA

El termómetro trucado y la ficción del

porcentaje

Los guarismos del INDEC están construidos sobre ponderaciones de hace dos décadas que desprecian los gastos en servicios y alquileres. Pero efectivamente la población gasta mucho más en estos rubros que a principios de siglo.

FACTOPÍA

Ni la ingeniería estadística más refinada ni la creatividad de los parámetros de medición alcanzaron para ocultar una realidad que golpea en todos lados: la pobreza volvió a subir. Según las últimas cifras oficiales difundidas por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en el primer semestre de 2026 la pobreza trepó al 32,3% de la población (representando a 9,7 millones de personas en los 31 aglomerados urbanos), mientras que la indigencia se ubicó en el 7,5% (2,2 millones de personas).

Al proyectar estos datos al total nacional, la cifra de argentinos sumergidos en la pobreza supera holgadamente los 15 millones. Sin embargo, el verdadero debate analítico no está en la foto que muestra el Gobierno, sino en el truco con el que se encuadra la cámara.

Un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) pone al descubierto las inconsistencias metodológicas que distorsionan el indicador y demuestran que el deterioro real es sustancialmente más severo que el reconocido por la estadística oficial.

Uno de los pilares del relato oficial para argumentar una supuesta resistencia del poder adquisitivo descansa sobre el sector informal. La hipótesis gubernamental sostiene que los salarios no registrados o «en negro» experimentaron una recuperación extraordinaria, compensando la pérdida de los ingresos formales.

Como bien advierte el análisis del CEPA, esta premisa bordea la ficción. El trabajo no registrado no se liquida en un recibo de sueldo bancarizado ni se fiscaliza; se estima. Históricamente, el Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM) actuó como el piso y el faro de la economía informal, con una serie histórica donde ambos indicadores variaron de forma sincronizada en un 99,6% de los casos.

En la medición actual esa lógica se rompió sin explicación empírica. Mientras el SMVM sufrió un desplome histórico, el Índice de Salarios del INDEC le atribuyó al sector no registrado una suba real del 36,3%. Asumir que la economía informal —en un contexto de recesión, caída de las ventas y parálisis de la actividad— pagó aumentos por encima de la inflación es recurrir a un supuesto fantástico («Narnia») para inflar artificialmente el ingreso de los hogares más vulnerables y computar la mera supervivencia como si fuera prosperidad.

El segundo engranaje del «termómetro trucado» se encuentra en la forma en que se construye la Canasta Básica Total (CBT), la vara que separa a los pobres de quienes no lo son. Para calcular la CBT, el INDEC toma el valor de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) y lo multiplica por la inversa del Coeficiente de Engel. Este coeficiente es la relación matemática que mide qué proporción del ingreso total de un hogar se destina únicamente a comprar alimentos.

El problema estructural es que este coeficiente se congeló en la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo) de 2004/2005. Hace dos décadas, el peso del alquiler, de la luz, del gas, del agua y del transporte dentro del presupuesto de una familia era infinitamente menor que el actual.

El esquema estático supone que la proporción entre gasto alimentario y no alimentario se mantiene fija en el tiempo. Pero la realidad aplastó al modelo. Tras los brutales tarifazos en los servicios públicos y la desregulación del mercado inmobiliario, el presupuesto real de las familias quedó secuestrado por los costos fijos no alimentarios. Al no actualizar la ponderación de la canasta, el INDEC subestima sistemáticamente el valor real de la CBT.

La vara con la que se mide la pobreza se mantuvo artificialmente baja, escondiendo a cientos de miles de personas debajo de la línea teórica de flotación.

Aun con la cancha inclinada a favor de la minimización del impacto, los números absolutos del primer semestre de 2026 revelan la magnitud de la crisis.

La brecha del desamparo: El Ingreso Total Familiar promedio de los hogares pobres fue de $922.755, frente a una CBT requerida de $1.440.395. Esto deja una brecha del 35,9% ($517.640 que le faltan a cada hogar para subsistir). En la indigencia, la brecha alcanzó el 33,9%.

Infancia golpeada: El 44,5% de los niños de 0 a 14 años es pobre, con un 10,8% atrapado en la indigencia. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, la pobreza escaló al 36,9%.

Disparidad geográfica: El Noreste (NEA) encabeza el mapa de la postergación con un 41,5% de pobreza, seguido por Cuyo con el 36,7%. En el Gran Buenos Aires, la cifra promedio del 32,1% oculta una brecha obscena: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires registra un 11,1%, mientras que los Partidos del Conurbano saltan al 36,9% (con un 9,9% de indigencia).

El informe del CEPA demuestra que la narrativa del ajuste sin costos sociales se topa con el límite de la matemática. Cuando los ingresos familiares subieron un módico 11,5% en el semestre y el costo de vida indispensable saltó cerca del 20%, no hay retoque metodológico en las encuestas ni sobreestimación del trabajo informal que alcance para disfrazar la realidad.

La pobreza no solo no cedió, sino que volvió a ganar la calle.


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