El teorema de Alsogaray fue refutado
Los planes de ajuste fallan siempre
El teorema de Alsogaray fue
categóricamente refutado
Corría la década del ’80 cuando el capitán ingeniero Álvaro Alsogaray pontificaba en la mesa de Tiempo Nuevo, frente a la mirada admonitoria de Bernardo Neustadt. La fórmula, repetida como una oración laica ante los altares televisivos, no admitía fisuras.
«Si aplicamos una política de shock de confianza que elimine el déficit y liberalizamos la economía, los capitales retornan de inmediato, cae la tasa de interés, aumenta la inversión y la economía inicia un proceso virtuoso».
Palabras más, palabras menos, así definía el recurrente invitado el plan que no podía fallar.
El dogma del shock virtuoso se instaló como matriz de pensamiento de la derecha argentina. El ajuste no era un sacrificio doloroso pero transitorio, sino la llave mágica para desatar una inundación de divisas provenientes de mercados impresionados por la disciplina fiscal. Cuarenta años después, la hipótesis tuvo su experimento definitivo en condiciones de laboratorio de extrema pureza. Y la hipótesis se pulverizó.
El gobierno de Javier Milei es el que llevó esta máxima al extremo más salvaje y fundamentalista de la historia económica nacional. Se convirtió en un dogmático del superávit fiscal a cualquier precio —hachando jubilaciones, licuando el sistema científico-tecnológico, congelando la obra pública y desmantelando la capacidad operativa del Estado— mientras entregaba la estructura productiva con un RIGI diseñado a la medida del capital concentrado e incluso proyectando un «super RIGI» aún más concesivo.
Si la zoncera de Alsogaray hubiese tenido un átomo de veracidad macroeconómica, la Argentina tendría hoy los tesoros del Potosí fluyendo hacia sus arcas. La mesa estaba servida con los condimentos del libreto liberal: superávit fiscal blindado, desregulación salvaje y un saldo comercial récord. Sin embargo, la realidad empírica le propinó un cachetazo histórico a la doctrina del padre de María Julia, ya que pasó —y está pasando— exactamente lo contrario.
La Inversión Extranjera Directa (IED) ubica a la Argentina en los últimos puestos de toda América Latina. La IED son dólares que las empresas extranjeras desembolsan en el país para levantar una planta o unidad productiva. El año pasado, las corporaciones invirtieron en LATAM (así nos dicen ahora cuando se refieren a Latinoamérica) 194.233 millones de dólares, según datos de la CEPAL.
Siguiendo lo que nos explicó Alsogaray, nuestro país se debió haber quedado con una parte sustancial de las divisas ingresadas al sur del río Bravo. Pero no ocurrió nada de eso.
Pasemos al podio y al medallero general. La medalla de oro fue para Brasil, con 76.877 millones de dólares (el 40% del total) en IED; seguido de México, que obtuvo la de plata con 40.871 millones (el 22%), y el bronce recayó en Chile, con 13.152 millones (7%). La Argentina ni se acercó a saludar a los ganadores: quedó última en nuestra región con apenas 3.134 millones de billetes verdes.
La afirmación alsogarayana de que «con un programa de shock los capitales llegan» resultó falsa.
Los capitales no vinieron, pero quizás la tasa de interés sí bajó. Veamos. Cuando Alsogaray hablaba del precio del dinero no se refería a la moneda nacional, sino a la tasa de interés en relación con la divisa internacional, es decir, al dólar estadounidense. Por eso, el índice que refleja este comportamiento no son los tipos de interés del BCRA, sino la evolución del riesgo país (RP).
Cuando Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023, el RP superaba los 1.900 puntos básicos. Un despropósito. Treinta y tres meses después, el índice alcanza los 500 puntos. En principio pareciera un éxito rotundo, pero no lo es. De esos valores máximos lo llevaron a 1.200 puntos en cuatro meses, volvió a subir a 1.600 un par de meses después, cayó recién a principios de 2025 a menos de 900 puntos, y de allí parecía encaminarse directo a «mercado emergente».
Para ir a los mercados internacionales a emitir deuda, el RP debiera ser de menos de 100 puntos, la quinta parte de lo que registra hoy. Además, hace meses que no puede perforar la línea de los cinco "benjamines" (500 puntos básicos) de sobretasa por encima de los bonos del Tesoro estadounidense. Si fuera un éxito, Toto Caputo emitiría deuda las 24 horas del día… y de la noche.
La segunda afirmación alsogarayana de que «con un programa de shock la tasa de interés cae» resultó igualmente falsa.
Veamos si el tercer aspecto profetizado por el capitán ingeniero se cumplió o no. La Inversión Bruta Interna Fija (IBIF) medida en relación con el PBI pasó de niveles del 18,5% - 19% hacia fines de 2023 a perforar el piso del 14,2% - 15% en el consolidado de la gestión. Es una de las tasas de formación bruta de capital más bajas de los últimos veinte años, comparable únicamente a picos de crisis severas como la pandemia de 2020 o el colapso de 2001-2002.
La inversión no se mide en anuncios; se mide en cemento y máquinas. El sector de la construcción registró caídas interanuales superiores al 20% - 25% por el parate total de la obra pública y el freno de la obra privada residencial. A su vez, la compra de equipo de producción nacional se desplomó al ritmo de una capacidad instalada ociosa en la industria que rozó el 50%.
Ciertamente hubo inversión —y muy importante— en tres sectores específicos: energía (petróleo y gas en Vaca Muerta), minería (cobre y litio) y, en menor medida, la agroindustria. Sin embargo, este enclave extractivo estuvo muy lejos de compensar la desinversión en el resto del entramado productivo. Lejos de la prometida lluvia, lo que hubo fue una sequía estructural de capitales.
La tercera afirmación alsogarayana de que «con un programa de shock la inversión crece» resultó tan falsa como las anteriores.
Si las tres premisas consecutivas cayeron por su propio peso, la cuarta —el crecimiento económico como resultado inevitable— debiera caer por añadidura. La contabilidad nacional enseña que el producto de un país es la suma del consumo, la inversión y la balanza comercial. De estos tres componentes, solo el último registra un saldo positivo en la era Milei, impulsado por el sesgo primario y el desplome de las importaciones.
Ya hablamos de las inversiones, tanto extranjeras como la nativa. En cuanto al consumo, la parálisis es absoluta. Para no abrumar con planillas, alcanza con señalar que los consumos populares más elementales —como la carne vacuna y la yerba mate— cayeron a pisos históricos. El consumo familiar acumuló retrocesos interanuales de dos dígitos en el consolidado del período (con picos de caída superiores al 12% y 15% tras las devaluaciones), mientras que el consumo estatal registró caídas promedio superiores al 10% y 12% interanual producto del congelamiento presupuestario, la no renovación de contratos y el achique de compras gubernamentales.
El único casillero que arroja números positivos en la contabilidad nacional es la balanza comercial, que alcanzó un superávit récord. Sin embargo, detrás de la foto festejada por el Palacio de Hacienda no hay un salto cualitativo, sino una doble trampa estructural. Por un lado, las exportaciones marcaron un récord —valga la redundancia— empujadas casi exclusivamente por el complejo agroexportador y el sector energético, profundizando una reprimarización donde vendemos materias primas e insumos sin procesar. Por el otro, el saldo favorable se explica también en una estabilización de las importaciones, pisadas por una demanda interna destruida que ya no requiere insumos ni maquinaria para producir.
El superávit comercial récord no pudo contra los depresivos números de inversión y consumo.
La cuarta afirmación alsogarayana de que «con un programa de shock la producción inicia un proceso de crecimiento» resultó falsa por imperio de la lógica.
Pero la paradoja del modelo no termina en la falta de dólares que entran; se completa con los dólares que se van. Frente al mito de la «confianza inversora», la Formación de Activos Externos (FAE) —la fuga de capitales de toda la vida— acumuló un total de USD 45.798 millones entre diciembre de 2023 y julio de 2026, según datos del balance cambiario del Banco Central procesados por el Centro CEPA. Los capitales no solo no vinieron a levantar fábricas: aprovecharon el blanqueo, el superávit comercial y la bicicleta para cruzar la frontera.
Arturo Jauretche catalogó como la «zoncera madre» a una célebre frase de Domingo Faustino Sarmiento en su libro Facundo, donde afirmaba que «el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión». Quizás, la gran zoncera de la segunda mitad del siglo XX haya sido la aseveración alsogarayana de que «si se aplica un shock de ajuste, la economía inicia un círculo virtuoso» —palabras más, palabras menos—.
Lo cierto es que tanto una como la otra demostraron ser exactamente eso: zonceras. Pero, en el caso de la segunda, la propia historia económica —y este artículo que pretende traer el tema a colación— ha demostrado empíricamente su falsedad.
El teorema de Alsogaray fue categóricamente refutado.


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