Un índice que altera la paz de los colonizados
Mitos y realidades sobre el Riesgo País
Un índice que altera la paz de los colonizados
Cómo un índice creado para conocer la sobretasa que debería pagar un título de deuda pública nacional se convirtió en síntoma de todas nuestras inseguridades.
Las autoridades de Hacienda y los operadores del mercado financiero todos los días le rezan a un índice, el riesgo país (RP). Si perfora determinado piso, el país se encamina a ser Disney. Si lo supera, somos Argenzuela. «Del éxtasis a la agonía / oscila nuestra historia...» dice la Bersuit Vergarabat en La argentinidad al palo (2004). Y en lo que va de siglo, el número que mide este estado alterado es el indicador EMBI que elabora la banca JP Morgan.
Pocos números condensan con tanta precisión el alineamiento ideológico y la vocación colonial de los analistas locales. La pantalla de Bloomberg se consulta con la fe devota de quien espera una revelación divina, transformando un cálculo técnico de la banca privada estadounidense en el árbitro supremo de la salud social, la paz del mercado y la viabilidad misma de la Patria.
Para la mirada dominante, el índice no es un insumo contable más: es el certificado de buena conducta que otorga el amo financiero a las provincias lejanas. Si el número sube, el país es castigado con la sospecha de paria internacional; si baja, la dirigencia celebra en los pasillos de los ministerios como si hubiese erradicado la pobreza o refundado la industria nacional.
La distorsión es tan profunda que la discusión pública terminó invirtiendo los factores: se gobierna para complacer al índice en lugar de utilizar los indicadores para medir el bienestar del pueblo. Se profundizan recesiones, se congelan jubilaciones y se destruye el crédito productivo interno, todo bajo la promesa mesiánica de que, cuando el número del JP Morgan finalmente caiga, caerá con él un maná celestial de inversiones extranjeras que resolverá mágicamente lo que la propia burguesía local no quiso ni supo construir.
La cocina del índice: qué es, cuándo nació y qué mide en realidad
Para desarmar el fetiche hace falta volver a la génesis. El indicador nació a finales de la década de 1980, en pleno apogeo de la reestructuración de las deudas latinoamericanas tras la crisis de la deuda externa de los ochenta. Fue en 1992 cuando la banca de inversión JP Morgan institucionalizó el Emerging Markets Bond Index (EMBI), un instrumento diseñado con un fin estrictamente corporativo: medir el rendimiento de los títulos de deuda pública emitidos por países emergentes en comparación con los bonos del Tesoro de los Estados Unidos, considerados el activo libre de riesgo a escala global.
Su propósito original era puramente transaccional. Le servía a un fondo de inversión de Nueva York o Londres para calcular qué sobretasa o premio debía exigirle a un bono argentino, brasileño o mexicano para compensar el peligro de un incumplimiento de pago. Si el bono del Tesoro estadounidense rendía 4% anual y el bono argentino rendía 14%, la diferencia de 10 puntos porcentuales se traducía en 1.000 puntos básicos de «riesgo país». Nada más que eso: un cálculo contable de mesa de dinero.
El primer gran engaño radica en su propia denominación. El indicador no debería llamarse «Riesgo País», sino «Riesgo de Cobro del Acreedor Financiero». No es un indicador económico, sino un termómetro estrictamente financiero.
Existe un abismo conceptual y práctico entre la economía real —aquella donde se producen bienes, se siembra trigo, se ensamblan autos, se paga un salario y se genera ciencia— y el circuito financiero offshore donde cotiza el EMBI. El índice de JP Morgan no mide el nivel de empleo, la productividad de las PyMEs, el consumo de las familias, la infraestructura vial ni la calidad educativa de una nación. Mide, de manera exclusiva y excluyente, la capacidad y voluntad de un Estado para juntar los dólares necesarios para pagar los cupones de intereses de sus acreedores externos.
Tan desvinculado está de la vida cotidiana que un país puede atravesar un proceso de destrucción del tejido industrial, caída del salario real y cierre masivo de comercios, y al mismo tiempo ver festejar a los analistas porque el «Riesgo País» cae cien puntos. La paradoja es brutal: la economía real puede estar agonizando en la recesión mientras el indicador financiero celebra la austeridad que garantiza la caja para los bonistas.
¿El mundo entero vive pendiente del EMBI?
La respuesta corta es no. El índice de JP Morgan ni siquiera abarca a la totalidad del planeta: se aplica únicamente a un puñado de mercados emergentes que emiten deuda bajo ley extranjera (habitualmente Nueva York o Londres) y en una moneda que no es la propia, casi siempre dólares.
Las potencias económicas —como Estados Unidos, Alemania, Japón o China— ni siquiera figuran en este tablero porque emiten deuda en su propia moneda soberana y cuentan con un mercado de capitales profundo y alimentado por su propio ahorro interno. A sus ciudadanos y empresarios les resulta un concepto por completo ajeno. Tampoco quita el sueño en países en desarrollo que supieron construir una arquitectura financiera sólida basada en crédito local y divisas generadas por su propio entramado productivo.
Padecen la tiranía del EMBI únicamente aquellas naciones vulnerables que cometieron el error estratégico de volverse adictas al crédito extranjero en moneda dura para financiar sus gastos o, peor aún, para sostener la fuga de capitales de sus clases dirigentes. En ese esquema, la dependencia del dólar ajeno transforma a la economía nacional en una rehén de la voluntad de las bancas de inversión globales.
La cocina del mercado: cómo funciona la mecánica real
Existe un mito según el cual el indicador sube cuando ocurre una tragedia económica en el país y baja cuando la economía real se recupera. La mecánica efectiva es infinitamente más trivial y especulativa.
El índice se calcula comparando la tasa de interés implícita de los bonos soberanos locales con el rendimiento de los bonos del Tesoro norteamericano. Y esa tasa de interés depende en forma directa y exclusiva del precio al que se negocian esos títulos en Wall Street:
Cuando los fondos especulativos venden masivamente títulos argentinos para desprenderse de ellos o tomar ganancias, la cotización del bono cae. Como la tasa de interés fija que promete el bono ahora se calcula sobre un precio de compra más barato, el rendimiento financiero sube. La brecha con el bono de Estados Unidos se ensancha y el Riesgo País sube estrepitosamente.
Cuando tres o cuatro grandes fondos deciden comprar esos mismos títulos —aprovechando que están a precio de remate o para entrar al negocio del rendimiento en dólares—, la cotización del bono sube. Al encarecerse el título, su rendimiento implícito baja, la distancia con los bonos norteamericanos se achica y el indicador festeja una caída de puntos.
El indicador no se mueve porque se haya abierto una fábrica en Córdoba, cerrado una PyME en San Martín o incrementado las exportaciones de harina de soja. Se mueve según la liquidez, el apetito especulativo o los amagues de un puñado de administradores de cartera en Manhattan que deciden si hoy compran o venden papeles argentinos para hacer una diferencia rápida de arbitraje.
Un experimento mental: la semana del bono imaginario
Para entender hasta qué punto el Riesgo País habita en un planeta paralelo desvinculado de la economía real, hagamos un experimento mental. Supongamos que la República Argentina tiene un único título de deuda flotando en los mercados internacionales, el bono Patria 2035.
Imaginemos el transcurso de una semana cualquiera:
Lunes: El INDEC publica el informe trimestral de empleo. El desempleo escaló dos puntos, miles de PyMEs cerraron sus puertas en los cordones industriales y las ventas minoristas cayeron un 10%. ¿Qué pasa en las pantallas de Wall Street? Absolutamente nada. Las mesas de dinero no operan en base al desempleo ni a las persianas bajas. El precio del bono Patria 2035 no se mueve un centavo y el Riesgo País permanece inalterado. La miseria social es invisible para el algoritmo de JP Morgan.
Martes: El Gobierno anuncia la reapertura de una fábrica recuperada y el financiamiento de un polo tecnológico con crédito local. Los operadores financieros bostezan. El bono sigue congelado.
Miércoles: Ante el aumento de la vulnerabilidad social, el Ministro de Economía anuncia una partida presupuestaria de emergencia para recomponer las jubilaciones e incrementar las asignaciones familiares. De inmediato, se encienden las alarmas en los monitores de Manhattan. Un analista de un fondo de inversión interpreta que el Estado «gastará recursos» en la sociedad en lugar de reservarlos intactos para la caja de los acreedores. Aprieta el botón de venta. Tres mesas de dinero imitan el movimiento para cubrirse. La sobreoferta hace caer la cotización del bono Patria 2035. Al caer el precio del título, su rendimiento implícito se dispara y el Riesgo País trepa 150 puntos en diez minutos.
Jueves: Los titulares de la prensa económica abren en rojo furioso: «Pánico en los mercados: se dispara el Riesgo País tras los anuncios del Gobierno». Los opinadores de televisión declaran que la Argentina «se desconecta del mundo».
Viernes: Asustado por la presión mediática y financiera, el Gobierno da marcha atrás, cancela el aumento a los jubilados y anuncia un recorte drástico en infraestructura productiva. Los fondos especulativos, festejando que la masa de dinero vuelve a estar blindada para ellos, salen a recomprar a precio de remate el bono Patria 2035 que tiraron el miércoles. La cotización sube, la tasa baja y el Riesgo País cae 180 puntos.
Los portales titulan jubilosos: «El mercado respalda el rumbo económico y el Riesgo País anota su mayor baja del mes».
El resultado del experimento es transparente: la economía real terminó la semana con más desempleados, jubilados más pobres y menos infraestructura, pero el establishment celebra porque el indicador de JP Morgan quedó «en verde».
Demuestra que el Riesgo País no premia el desarrollo nacional; premia la transferencia de recursos desde la economía productiva hacia la renta financiera.

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