Atarconalambrismo o el elogio del estado de emergencia perpetua
ARGENTINADAS
Atarconalambrismo o el elogio del estado de emergencia perpetua
Los argentinos solemos vanagloriamos de nuestra evidente capacidad de afrontar diversas crisis. Una conducta que de virtuosa tiene cada vez menos, y se acerca más al estado patológico.
Pablo G Ramos
Extracto del Diccionario Ilustrado de la Supervivencia Argentina (Edición ampliada y sin esperanza de mejora): Atarconalambrismo: 1. m. Neol. Acción o práctica institucionalizada consistente en resolver fallas estructurales mediante soluciones precarias, provisorias y de bajo costo material, priorizando el alivio coyuntural por sobre la resolución definitiva. 2. Patología político-social caracterizada por la aversión sistemática a la planificación a largo plazo y el consecuente orgullo por la resiliencia frente a crisis recurrentes. 3. Estado por el cual un recurso de emergencia —históricamente simbolizado por el uso de alambre o adhesivos sintéticos— queda incorporado de manera permanente al funcionamiento cotidiano hasta el colapso del sistema.
El mundo atraviesa crisis recurrentes, y la Argentina mucho más. Crisis generalmente autoinfligidas —excluimos los casos de conflictos armados, desastres sanitarios o naturales que son las que afectan en otros sitios del orbe— a las cuales terminamos superando, eso sí, con una importante cantidad de bajas —materiales y, en algunos casos, humanas—. En nuestro país la crisis es el estado por naturaleza.
De por sí, el estado de crisis permanente atenta evidente y empíricamente contra el desarrollo de nuestra nación —entre otros factores, como abordamos en FACTOPÍA—. Evitar crisis es virtuoso. Padecerlas es vicioso. Inflar el pecho y hacer alarde de nuestra resiliencia parece adquirir un carácter patológico.
A lo largo de los años transformamos el atar con alambre, el falso ingenio de ponerle un parche o la fe ciega de pegarlo con Poxipol en un sistema de gobierno. Lo que nació como una salida de urgencia en el taller mecánico se extendió a leyes tributarias que llegaron por un tiempo prudencial y se quedaron a vivir para siempre. Ejemplos sobran desde aquel mandato constitucional de votar una nueva ley de coparticipación en 1995 —algo que jamás ocurrió— hasta la alícuota provisoria del 21% del IVA.
Res publica interim perpetuum
El impuesto al valor agregado se generalizó en el 13%, pero tres doritos después y «como una medida transitoria de emergencia», trepó por un tiempo y quedó clavado para siempre en el 21% actual. Lo mismo sucede con las experiencias piloto que se eternizan o con la mismísima cancha de Boca, que los turistas miran con desconcierto porque parece eternamente inconclusa. Nos convencimos de que con «con esto tiramos un tiempo» y nos resignamos a administrar la desidia con cinta scotch o cordón de zapatilla.
El gran peligro de esta cultura del zafamos es que la improvisación sistemática destruye los cimientos más elementales de la producción y el trabajo formal. Cuando se gobierna a los ponchazos y se naturaliza la precariedad como una virtud creativa, los costos ocultos destruyen toda posibilidad de previsión a largo plazo. Se gasta mucho más dinero emparchando diez veces la misma cañería que haciendo una obra seria y definitiva desde el primer día.
Es imposible construir la nación anhelada sobre la base de arreglarse con lo que hay y patear la pelota afuera. La chapucería serial encarece la logística, espanta las inversiones genuinas y condena a nuestra economía a un serrucho perpetuo sin salida. El problema radica en que confundimos la viveza momentánea con la inteligencia estratégica.
Hacia el abismo sin red de contención
El atarconalambrismo criollo tiene un límite físico inexorable que ninguna retórica triunfalista puede seguir disimulando por mucho más tiempo. Tanto el sistema previsional como el esquema de salud pública caminan a paso firme hacia un colapso estructural donde ya no habrá alambre de fardo que alcance. Cuando el edificio entero cruje por falta de mantenimiento preventivo, el parche casero deja de ser una gracia simpática para transformarse en la tumba del modelo.
Nuestra dirigencia insiste en salvar las papas del fuego con slogans marketineros mientras las bases materiales del país se desmoronan bajo el peso de la desidia. Nos enorgullecemos de ser sobrevivientes profesionales de catástrofes que nosotros mismos financiamos y administramos con desidia cotidiana. El mito del genio local que arregla todo con dos alambres es en realidad la coartada perfecta de nuestra mediocridad organizada.
El alambre te puede salvar del naufragio un martes a la madrugada, pero jamás te servirá para construir un transatlántico capaz de cruzar el océano. Si pretendemos salir alguna vez de este subdesarrollo crónico, deberemos abandonar de una vez por todas la borrachera del parche.
Hacer de la resiliencia berreta una virtud, a la larga, es un error que nos sigue costando demasiado caro.

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