El sabelotodismo de pacotilla
ARGENTINADAS
El sabelotodismo de pacotilla
Además de no poder decir «no sé» los argentinos relativizamos el argumento profesional. Cualquiera opina de cualquier cosa porque es gratis. Será momento de que comience a ser caro decir pavadas.
FACTOPÍA
sabelotodismo (sust. m.): Condición o comportamiento propio del sabelotodo. Práctica cultural e histórica de la soberbia opinionológica en la cual cualquiera discute de cualquier tema con cualquiera, despojando de autoridad al argumento profesional y relativizando sistemáticamente la palabra del ducho en la materia.
Otro comportamiento patológico presente en la sociedad argenta es el que la «academia» (ponele) ha dado en llamar sabelotodismo, cuya definición figura ut supra.
Dejando a la academia de lado y pasando al idioma coloquial, hablamos de ese tipo de comportamiento por el cual el sujeto carente de conocimiento en determinado tema se considera capaz no solo de opinar sobre el mismo, sino de cuestionar a aquel que sí dedicó horas de su existencia al abordaje profesional de la materia.
Hablamos de una discusión inútil y que consume nuestras energías: una persona dedica su vida en la etapa formativa a acumular conocimiento sobre determinado objeto para que, en el futuro, un parroquiano en un bar o un tiktokero lo pongan en cuestión con aires de autoridad.
En criollo, se llega a poner en tela de juicio la afirmación de un entendido porque poner en tela de juicio algo, en la Argentina, no tiene consecuencias.
Históricamente, existió un sabelotodismo vertical —de arriba hacia abajo o viceversa— donde a ciertas figuras, como el abogado o el médico, se las investía de una autoridad monolítica para emitir sentencia sobre cualquier tópico, incluso sobre aquellos que desconocían por completo.
Eso trocó hacia el extremo opuesto: el «opino de lo que sea porque es gratis». Primero en la televisión y hoy en las redes sociales, comenzó a aceptarse la intromisión del lego bajo el pretexto culposo de que «no podemos cercenarle el derecho de opinión a nadie».
Las áreas donde se producen estas constantes microinvasiones opinológicas son todas, valga la redundancia. Como todo cambio progresivo, los límites se corrieron hasta llegar a la actualidad donde cualquier poligrillo se le planta a un especialista en un congreso y exige que su ocurrencia sea tenida en cuenta.
Pero el sabelotodismo no es gratuito. Horada las certezas comprobadas (verbigracia, «la tierra es redonda») y comienza a poner en cuestión ya no solo el conocimiento validado, sino la posibilidad misma de que existan certezas. Es la relativización in limine. Al eliminarse los consensos sobre determinados tópicos, todo se vuelve opinable.
Y no todo es opinable.
Bajo el dogma indiscutido de que la especialización técnica es una grosera exageración, naturalizamos que no solo todos somos directores técnicos de la Selección, sino que cualquiera sabe cómo ejercer el periodismo, cómo abordar una investigación científica o cómo resolver un caso policial.
Se instala así la creencia de que la opinión del cuñado en la sobremesa o del parroquiano en la esquina tiene exactamente el mismo peso —si no mayor— que la trayectoria de un profesiional con décadas de estudio.
El sabelotodismo no es una simple manifestación de ignorancia. Es una prepotencia activa. Se trata de un ejercicio de demolición sistemática donde el saber experto incomoda porque pone límites a la liviandad del discurso. Para el sabelotodo criollo, la física cuántica, la macroeconomía, la virología o el derecho constitucional se dominan con dos latiguillos escuchados al pasar y una sobredosis de convicción dogmática.
En este carnaval de la opinología generalizada, el argumento profesional queda secuestrado por la soberbia colectiva. Da igual si el interlocutor dedicó su vida a desentrañar un problema complejo: la tribuna dictamina que cualquiera puede pontificar de cualquier cosa, fundamentalmente porque decir pavadas, hasta el día de hoy, no paga arancel.
Será cuestión de empezar a encarecer el costo de hablar por hablar para devolverle algo de densidad a la conversación pública.

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