La rebeldía de maceta y el berrinche inútil
ARGENTINADAS
La rebeldía de maceta y el berrinche inútil
El argentino suele adoptar posturas de rebeldía ante situaciones insignificantes mientras por detrás le bolsiquean el futuro. Una pésima gestión de la indignación.
PABLO G RAMOS
En un país escandinavo (no recuerdo cual) se había establecido que los autos debían circular de día con las luces encendidas. Alguien preguntó qué iba a hacer esa gente a partir de entonces. «Van a subirse al auto, ponerse el cinturón de seguridad y encender las luces».
En la Argentina, cualquier regulación que introduce un cambio mínimo genera una reacción sobreexagerada. Con el agravante que, cuando una persona que haya violado la norma recibe una observación o una sanción, va a tener una respuesta excesiva. Va a apelar a que es un sujeto libre y que nadie tiene derecho sobre su voluntad.
A diferencia de ese escandinavo, el argentino religiosamente va a olvidar encender las luces, y cuando un agente de tránsito lo detenga, va a perder media hora explicando el por qué de su accionar en lugar de prender las bajas y continuar con su viaje.
argentinada. (De Argentina): 1. f. Hábito, sesgo o conducta colectiva propio de los argentinos nativos y por opción por el cual ese futuro de grandeza que ellos creen les fue otorgado por la Providencia se manca. 2. f. Comportamiento habitual por el cual la población de la Argentina boicotea, retrasa, desvía u olvida sus ideales de grandeza.
Al salir de su edificio olvida —en realidad, no le importa— usar diez segundos en girar la llave de la puerta del edificio. Cuando un vecino le señala la omisión, el sujeto gasta doce minutos en explicar con vehemencia y ejemplos absurdos que su tiempo es demasiado valioso para perderlo en cerraduras.
Minutos más tarde frena su vehículo sobre la senda peatonal para comprar cigarrillos. Ante el arribo de un agente de tránsito, improvisa un discurso de ocho minutos sobre la voracidad fiscal —afirma que no quieren que se respeten las normas de tránsito— y la impunidad del crimen organizado.
—¡En vez de perseguirme a mi tendrían que ir a buscar a los verdaderos delincuentes!
El sujeto cree sinceramente que desacatar la norma lo convierte en un ciudadano que lucha contra la opresión del sistema.
En una oficina pública repite el procedimiento. Le hacen notar que le falta una documentación obligatoria. Invierte quince minutos en increpar al empleado de la ventanilla.
—¡Yo te pago el sueldo!
Jamás se le cruza por la cabeza caminar media cuadra para resolver el problema. No es un sujeto que se doblegue.
Cuando el guardia de seguridad le pide que corte, inicia un monólogo de diez minutos frente a la fila sobre la tiranía bancaria en lugar de hablar todo lo que quiere en el exterior.
—¡Con lo que cobran de intereses por un descubierto y no me dejan contestar el celular!
De allí se dirige a la clínica donde tiene que ver a su médico para hacerse un chequeo. Como llega antes prende un cigarrillo justo debajo del cartel de prohibido. Su cigarrillo se consume sin darle una pitada mientras discute con una enfermera sobre su derecho constitucional a fumar donde quiere y que la mafia de los sanatorios no lo van a poder vencer.
La contabilidad de la furia inútil
A lo largo del día el Homo AR destina entre cinco y quince minutos a cada una de sus seis discusiones cotidianas. Acumula más de una hora diaria de indignación mal dirigida contra el eslabón más débil de la cadena. Se concibe a sí mismo como un león indomable que no se deja avasallar por el sistema.
La puesta en escena incluye un viaje en el transporte público. Durante una hora despliega una retórica encendida contra la calidad del servicio frente a pasajeros atónitos. Cuando alguien le sugiere canalizar el reclamo en la oficina de la terminal por los medios institucionales, Homo Ar desecha la idea al instante argumentando que nadie escucha a nadie.
—Ahora no puedo, no tengo tiempo...
El patrón se repite ante cualquier instancia de participación colectiva o comunitaria. El sujeto desconoce el nombre del diputado que encabeza la lista de su distrito que él mismo votó y jamás leyó un proyecto de ley. Sin embargo, se niega a firmar un petitorio digital por el pánico infantil a que registren su número de documento.
Toda su reserva moral y política se consume en la trinchera del metro cuadrado. Es un gladiador implacable frente a un cartel de estacionamiento o una bolsa de basura fuera de horario. La rebeldía se agota exactamente donde empieza la responsabilidad ciudadana.
La capitulación nocturna
Con la puesta del sol el Homo AR regresa a su departamento sintiéndose el protagonista de una epopeya histórica. Prende la televisión para saber en qué anda el país. La pantalla le devuelve la imagen de la verdadera realidad que ocurre a sus espaldas.
El conductor anuncia un nuevo endeudamiento con el FMI a varias décadas y la entrega en garantía de recursos naturales. Se detalla la pérdida de las reservas de oro, la eliminación de las vacaciones, un tarifazo que paraliza el transporte público nocturno y la eliminación del sistema jubilatorio. El despojo estructural se consolida en una sola emisión informativa.
El héroe de la jornada acomoda el cuerpo en el sillón y suspira con mansedumbre. Traga saliva y murmura con resignada parálisis que no tiene sentido quejarse porque en este país nunca pasa nada.
—No se puede hacer nada… mejor resignarse.
La fiera que rugía ante el encargado de edificio capitula sin presentar batalla ante la liquidación de la Patria. El observador imparcial creería que el sujeto de la primera parte del relato se convierte en un animal político que va a movilizarse con esmero y afano tras todas las causas justas.
Esa es la verdadera tragedia de esta argentinada. El sujeto está convencido que gritándole al empleado municipal y al encargado del edificio cambió el país. Desecha toda iniciativa política por distintos motivos, entre otros porque ya gastó demasiada energía y tiempo en berrinches inútiles.
—En este país nadie hace nada...

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