El cero no llegó

Desinflación por inanición

El cero no llegó

El Índice de Precios al Consumidor de agosto de 2026 registró un 1,7% de suba mensual y sirvió para que el oficialismo volviera a agitar las banderas del éxito macroeconómico. Sin embargo, el número no refleja un milagro monetario, sino el resultado de un enfriamiento cadavérico: desinflación por ausencia de actividad.

Por FACTOPÍA


El recorrido del discurso económico oficial para explicar la persistencia de la inflación se convirtió en un ejercicio de malabarismo teórico. El 30 de abril de 2025, el Presidente Javier Milei aseguraba con firmeza «La inflación tiene fecha de defunción a mitad del año que viene. Y se va a terminar porque la política monetaria actúa con un rezago que oscila entre 18 y 24 meses».

A medida que el «cero absoluto» no llegaba, el argumento se estiró. A fines de 2025, el Gobierno invocó una tesis de grado inédita de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) —dirigida por el profesor Enrique Neder— para correr el arco a 26 meses de rezago.

Con esa nueva cobertura académica, el «cero coma algo» quedaba prometido para mediados de 2026. Cumplido el plazo de los 26 meses, en agosto el INDEC registró un alza en el Índice de precios al consumidor (IPC) del 1,7%, y acumula un 21,3% en 2026 y 33,5% interanual, lo cual pulverizó la hipótesis. La inflación no se murió, se chocó contra un piso inercial duro.

Al cumplirse los 1.000 días de gestión (ver Los diez factos del economicidio), los indicadores de la economía real muestran la verdadera cara del programa, y los precios no suben demasiado por abundancia u optimización de la oferta, sino porque la demanda fue arrasada.

El consumo interno y la inversión no relacionada al suelo y subsuelo se vino abajo como un piano y las exportaciones con valor agregado —las que generan empleo local— continúan en terreno negativo.

Sostener la estabilidad de precios sobre la base de parate productivo, salarios deprimidos y jubilaciones en mínimos no es erradicar la inflación, es anestesiar a la demanda en la sala de terapia intensiva.


El «fenómeno monetario» frente a la teoría y la práctica

La consigna dogmática de que «la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario» atraviesa un fuerte cuestionamiento práctico y académico.

En la calle, septiembre arranca con aumentos programados en precios regulados (tarifas, combustibles y prepagas) que responden a inercia pura y reajustes de costos. A eso se suma el frente internacional, donde el petróleo al alza por el conflicto geopolítico en el estrecho de Ormuz demuestra cómo los shocks de costos externos impactan en la canasta local al margen de la emisión del Banco Central.


La trampa de la núcleo y la ilusión de la verdulería

El desglose de los datos del INDEC deja al descubierto que la desaceleración de agosto se apoyó en pilares frágiles.

En los últimos años, la parte de los ingresos que se van en el pago de servicios está en crecimiento sostenido, pero el INDEC lo sigue ponderando como hace quince años. Con tarifas, transporte y servicios privados pesando de forma determinante sobre el bolsillo real de las familias, la rigidez a la baja es infinitamente mayor a la que muestra el índice.

Respecto a la trampa de la inflación núcleo, la misma se ubicó en 1,8% (por encima del IPC general), demostrando que la tendencia de fondo sigue viva y aportará arrastre para el último cuatrimestre.

Sobre el espejismo estacional, el 1,7% se logró gracias al desplome del rubro estacionales (-0,9%), apuntalado por bajas en indumentaria (-0,6%) y caídas estacionales en verdulería (como la lechuga con -18,8% o el tomate con -17,5%). Es un alivio de la naturaleza y el almanaque que no se repetirá en los próximos meses.


La pregunta del millón, ¿qué pasa si...?

Toda esta arquitectura abre un dilema crucial para el futuro cercano, ¿qué va a pasar con la inflación si la economía experimenta una verdadera expansión o reactivación del consumo?

Si el esquema actual solo logra un 1,7% mensual a costa de mantener el consumo aplastado, los servicios encarecidos en dólares y la inversión paralizada en los sectores no extractivistas, cualquier intento de recuperación económica o recomposición del poder adquisitivo sobrecargará de inmediato una oferta atomizada y reprimida.

Hoy aumentan los precios aquellos que pueden hacerlo. Servicios públicos monopólicos u oligopólicos —nadie puede esquivar un monopolio, obviamente— y los bienes que dependen de un precio internacional —como el petróleo, volátil por los hechos ocurridos en el estrecho de Ormuz— se mueven al antojo de la geopolítica o del ánimo de quienes los fijan. El resto tiene mayores dificultades para trasladar costos a los bienes y servicios que ofertan. La teoría económica y la razón del almacenero indican que en caso de reactivarse la demanda, estos precios van a acomodarse para arriba.

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