El éxodo pronosticado que no será

NEOZONCERAS

El éxodo pronosticado que no será

La delirante teoría de que un par de enclaves mineros y petroleros van a relocalizar a media población del conurbano ignora las leyes más elementales de la demografía y la física económica. La fantasía extractivista chocando de frente contra la pared de la realidad.

Pablo G. Ramos


La flamante neozoncera fue enunciada por el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger. O mejor expresado, a partir de dichos suyos total y absolutamente carentes del más mínimo rigor que a un funcionario se le pueda exigir, podemos inferir la zoncera oculta. El economista liberal-libertario aseguró en una alocución en la Bolsa de Comercio de Córdoba que «estamos estimando que cuatro millones de argentinos van a migrar del AMBA hacia el interior».

Estamos ante una neozoncera doble. En primer término, la justificación de por qué se produciría este éxodo moderno descansa en la «futura e inexorable» explosión del sector minero e hidrocarburífero en nuestra zona andina, de norte a sur del país, la cual se convertirá en un imán migratorio irresistible. Y en segundo lugar, refleja esa aversión de clase sobre el conurbano que gran parte de la elite dirigente siente y que se manifiesta en esa necesidad de vaciar a la capital del país de su vecindario colorinche.

Desmitifiquemos primero, entonces, esa máxima que asegura que las actividades extractivas son generadoras de empleo y bienestar per se.

En sucesivas entrevistas brindadas solo a medios allegados a la prédica de la Casa Rosada, Sturzenegger fue más lejos y mensuró la cantidad de argentinos que se mudarían y hacia dónde.

Dos millones de compatriotas se radicarían en Neuquén y Río Negro atraídos por la riqueza del yacimiento de Vaca Muerta. Un millón más elegiría a San Juan y Catamarca gracias a la minería del cobre, el oro y la plata. Y, por último, otro millón se decantaría por Salta y Jujuy por las oportunidades que van a surgir a partir de la explotación del litio y demás.

No brindó ningún informe técnico para sustentar sus afirmaciones. No citó bibliografía, ni papers, ni a ningún académico de prestigio. Solo esa fe ciega que prescinde de gráficos, huye de la econometría y aborrece las afirmaciones sustentadas.

Por eso, FACTOPÍA cotejó el anuncio gubernamental flojo de papeles con lo que acontece en regiones que ya están pasando por situaciones similares para observar qué resultados reales podemos esperar en la Argentina.


Actividades primarias y trabajo

La tecnocracia en el poder sostiene su fantasía en que las actividades extractivas que se empiezan a despertar a lo largo de la cordillera y que tienen un futuro de buenaventuranza son genuinas generadoras de trabajo. Lo cual rigurosamente es cierto, ya que como actividad económica va a recurrir a la contratación de trabajadores. El pifie está en la magnitud de la generación de ese empleo.

Como FACTOPÍA persigue el convencimiento mediante factos, recurramos a la experiencia internacional. Veamos ejemplos de países petroleros y mineros y cotejemos con las afirmaciones del ministro argentino.

Arabia Saudita alterna entre los primeros puestos en cuanto a producción de petróleo en el mundo con casi nueve millones de barriles diarios de alta calidad y baratos de producir. Toda la extracción del reino está monopolizada por la empresa Saudi Aramco, que en 2025 facturó 445.654 millones de dólares (eso es más de dos tercios del PBI argentino). Para producir esa cantidad de petróleo y facturar esa montaña de dinero emplea solo a 76.000 operarios, ni más ni menos.

El epicentro histórico petrolero del reino es Dhahran, la ciudad corporativa fundada junto a la gigante estatal tras el descubrimiento de hidrocarburos en 1938. Si la comparamos con nuestra neuquina Añelo (el corazón de Vaca Muerta), la escala de producción multiplica por catorce nuestra extracción. Con todo ese poderío colosal, el aglomerado urbano donde se recuestan sus operaciones históricas y administrativas ronda los 2,2 millones de habitantes y le tomó casi 90 años lograrlo, muy lejos de los delirios de megalópolis automáticas que se prometen para nuestra Patagonia.

Si Añelo y Neuquén en general aspiran a recibir dos millones de migrantes en treinta años, deberán pulverizar cualquier antecedente histórico global. El pico máximo que se vaticina alcance Vaca Muerta es de 1,4 millones de barriles diarios de crudo, o sea, menos del 16% de la producción actual de todo el reino saudita.

La extracción de hidrocarburos es un emprendimiento con un altísimo nivel de automatización y capital intensivo. Para muestra, la mayor plataforma de extracción de petróleo offshore del mundo es Thunder Horse (operada por BP en el Golfo de México), la cual extrae ella sola 250.000 barriles de crudo diarios —más de la tercera parte de todo lo que produce Vaca Muerta entera— con una dotación operativa minúscula de entre 200 y 300 personas a bordo.

Tachamos entonces a los hidrocarburos de la cuenca neuquina como ingentes generadores masivos de empleo y, por ende, descartamos que vayan a convertirse en ese faro que atraiga a millones de bonaerenses.

Pasemos a la minería. El mayor productor mundial de cobre es Chile, y el yacimiento más grande del planeta a tajo abierto se llama La Escondida —operado por un consorcio entre la angloaustraliana BHP, Rio Tinto y la japonesa JECO—. El año pasado produjo 1.345.132 toneladas de cobre fino, esto es el 25% del total de Chile y el 5% del total mundial. Para semejante volumen de faena industrial requiere de una dotación total de 10.000 trabajadores entre empleados directos y contratistas externos.

Toda esta actividad se realiza en la región chilena de Antofagasta. Según la neozoncera en cuestión, Antofagasta debería parecer el subte de Tokio en hora pico; sin embargo, toda la región cuenta con una población que ronda los 635.000 habitantes.

En la vereda de enfrente, el proyecto cuprífero más importante a la fecha de este lado de la cordillera es el Distrito Vicuña, ubicado en San Juan, cuya producción estimada en el pico de actividades alcanzará las 400.000 toneladas.

Haciendo cuentas rápidamente, estamos hablando de menos de la tercera parte de lo que produce el coloso chileno, así que pretender que absorba un millón de migrantes mientras Antofagasta apenas supera los 600.000 simplemente no cierra.

Esto ocurre porque las actividades extractivas son altamente tecnificadas y automatizadas; demandan inversiones de capital monumentales, pagan salarios altos en sus planteles jerárquicos, pero exhiben una escasa demanda neta de fuerza humana. Por ejemplo, el propio proyecto sanjuanino demandará una inversión inicial de 9.700 millones de dólares, pero en su etapa de régimen requerirá de unos 5.000 empleos directos y unos 25.000 indirectos.

Son puestos de trabajo importantes, anhelados y celebrados, pero están lejísimo de convertirse en la aspiradora de los «sobrantes» demográficos del AMBA.


¿Migración compulsiva?

Vayamos ahora a la segunda parte de la neozoncera. Sturzenegger se encargó de afirmar que esos argentinos que poblarán la zona cordillerana por millones van a provenir del conurbano bonaerense. Una afirmación venturosa y, además, profundamente polémica. ¿Qué lo lleva a hacer semejante vaticinio? ¿Bajo qué lógica «cuatro millones de bonaerenses» harían lo que menciona el ministro?

Cuando el funcionario realizó esas declaraciones, todavía no habíamos publicado en FACTOPÍA la nota El sabelotodismo de pacotilla, donde escribimos sobre el desprecio argento por el argumento profesional. Un funcionario debe plantear escenarios a partir de estudios elaborados con seriedad y transparencia, no basarse en corazonadas. El ministro no mostró absolutamente nada; solo tiene fe en que eso suceda.

Y aquí emerge una mistura de prejuicios que tiene en su centro al AMBA y, principalmente, a sus habitantes. Hace eones que la porteñidad y, paradójicamente, cierta argentinidad no conurbana focalizan sus frustraciones en la sola existencia del Gran Buenos Aires y en la «diversidad zoológica» de sus pobladores.

Frases como «el conurbano es inviable» o «algo hay que hacer con ese asunto» suelen escucharse a menudo en los círculos políticos porteños y provinciales. Décadas atrás, el Gran Buenos Aires abarcaba unos 19 partidos; hoy esa cifra se estira hasta los 40. El hecho es que, excluyendo a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en su conurbación viven unos trece millones de personas.

Es en esta línea donde la neozoncera adquiere su doble significado, porque Sturzenegger decreta que los cuatro millones de migrantes hacia el Oeste saldrán de allí. ¿A qué responde este cálculo? FACTOPÍA se aventura a sostener que se trata de una pura expresión de deseos del ministro y de su clase.

Indaguemos sobre los movimientos migratorios. ¿Cuáles son los factores que los desencadenan en la modernidad? Las motivaciones son diversas y van desde las más trágicas —como las guerras o las limpiezas étnicas— hasta las más prósperas —un futbolista transferido a un club europeo—, pasando por los millones de personas que dejan su patria buscando mejores condiciones materiales de vida.

¿Cuál es el fundamento para creer, entonces, que solo los habitantes del AMBA emigrarían a las provincias señaladas? Si nuestra zona andina se convirtiera en un imán por la abundancia de salarios altos, ¿no atraería a habitantes de toda la Argentina? ¿Y por qué limitarlo solo a nuestro país? ¿No vendrían trabajadores de países limítrofes también?

A esto se suma la premisa implícita de que en el conurbano «sobra» gente. ¿Qué razones llevarían a cuatro millones de personas a abandonar el AMBA? ¿A qué se dedican hoy? ¿Acaso solo miran televisión y toman mate con chipá?

Ese desprecio por el habitante del AMBA arrastra casi un siglo de historia. Se remonta a 1947, cuando el radical sanjuanino Ernesto Sammartino acuñó desde su banca de diputado la tristemente célebre expresión «aluvión zoológico» para estigmatizar a las masas populares que irrumpían en la vida política argentina.

Es el histórico desdén de esa Argentina que se autopercibe como «el país más austral de Europa» hacia la demografía que emerge apenas se cruza el Riachuelo o la Avenida General Paz, cuyos habitantes, en gran parte, no responden a ese fenotipo criollo-europeizado.

Para esta elite —y para la tilinguería que la admira—, la solución soñada es que esa «variedad colorinche» emigre lejos. Que se vaya a la cordillera.

Y Sturzenegger, finalmente, lo verbalizó.


Otra zoncera caída

Las actividades primarias de características extractivistas no generan la explosión de trabajo que se esperaría cuando se hace el anuncio de la inversión millonaria. Ya lo pusimos en blanco sobre negro. Mientras el comercio minorista y las economías de proximidad requieren baja inversión para movilizar masas de trabajadores, la gran industria extractiva demanda miles de millones de dólares para generar un mísero empleo hiperautomatizado.

Las poblaciones no emigran por la voluntad o deseo de un funcionario, sino por motivos que en el mejor de los casos son virtuosos —el futbolista vendido al Barcelona o el ingeniero espacial que va a dirigir un equipo en la NASA— o viciosos —los perseguidos por cuestiones políticas, religiosas o étnicas—. Tememos que las autoridades estén mostrando la hilacha de una dizque deportación velada.

Por eso, asumir que cuatro millones de personas migrarán mágicamente hacia la cordillera no solo ignora la relación entre capital y trabajo, sino que encierra una fantasía de ingeniería social totalitaria: para que ese éxodo masivo ocurra tal como lo sueña el despacho oficial, no bastaría con un espejismo económico, sino que harían falta leyes de deportación interna y fronteras cerradas para que nadie más —ni de otras provincias ni de países vecinos— ose ocupar esos puestos.

La cordillera no espera a ningún aluvión del AMBA; lo único que choca contra la pared de la cordillera es, una vez más, el sabelotodismo de escritorio.



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