Solo con el viento de cola no alcanzaba
NEOZONCERAS
Solo con el viento de cola no alcanzaba
Durante una década oímos que la economía creció entre 2003 y 2008 solo por obra y gracia de los altos precios internacionales de nuestra producción exportable. Hoy tenemos balanza comercial récord y los mejores precios de commodities desde 1900. La historia no se repite en los mismos términos.
Por Pablo G Ramos
Una característica de las neozonceras de raíz económica es su condición de dogma circular. Se formula como una verdad revelada, se derrumba estrepitosamente al chocar contra la realidad y reaparece, intacta, bajo una nueva vestidura técnica. Durante más de quince años, la historiografía liberal redujo un ciclo de crecimiento e industrialización a una mera casualidad meteorológica llamada «viento de cola». Sin embargo, puestos a comparar los números de ayer con los datos duros de hoy, el artefacto explicativo se desarma solo.
Se trata, en el fondo, de la primacía del velo ideológico por encima de la fría estadística.
Vamos a explicarlo en criollo. Durante el quinquenio 2003-2008 la economía no solo se recuperó del desastre de la convertibilidad —con un 2001 que detonó la crisis financiera y un 2002 donde se fue todo al pingo—, sino que creció con una fuerza descomunal. El PBI se expandió a un promedio del 8,5% anual. Crecimos, literalmente, a tasas chinas.
Por entonces, nuestra elite fallida y la intelligentzia repitieron al unísono que semejante despliegue no tenía ningún mérito propio. La explicación oficial de los zonzólogos fue reducida a una serie de factores externos benévolos que bautizaron como «viento de cola» (o de popa, en relación a la fuerza extra que recibe una nave cuando el viento sopla exactamente en la dirección a la que debe dirigirse). La labor gubernamental, nos decían, era la mera beneficiaria de una carambola planetaria.
No había mérito alguno. Solo estar en el momento justo en el lugar correcto.
La obviedad ululante es que se trataba de una administración que implementaba un esquema heterodoxo, una verdadera mala palabra para nuestra clase empresaria y sus exégetas mediáticos. La consigna era clara: no hubo gestión, no hubo administración del comercio ni política de desendeudamiento; todo se debió a la fortuna de los precios efectivamente altos de la soja en las pizarras de Chicago durante la primera década del siglo XXI.
Pero el hecho insoslayable es que, con viento de popa o sin él, la economía real volaba. El empleo, la producción industrial, el comercio exterior, el poder adquisitivo de las mayorías y las reservas netas del Banco Central dieron todos para arriba. Y muy para arriba.
Cualquier observador de buena fe podría deducir que, de reiterarse circunstancias externas parecidas —o incluso superiores—, la economía debería, por pura lógica mecánica, volver a crecer a pasos agigantados. Si determinadas condiciones pasadas, que tuvieron determinadas consecuencias, se repitiesen en cualquier otro momento —siguiendo la estructura del silogismo básico—, los resultados deberían ser igualmente los mismos.
Sin embargo, los números de hoy nos tienen preparada una sorpresa amarga.
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Clemente en sus micros televisivos presentaba de esta forma una sección explicativa. Vamos a homenajearlo entonces. Por motivos que no vienen al caso profundizar, las condiciones se están repitiendo. Volvió el viento de popa, pero no exactamente con la misma fuerza. El viento de popa sopla como nunca en casi 130 años.
Para hacer un ejercicio de honestidad intelectual y rigor estadístico, corresponde una aclaración metodológica previa: vamos a comparar un ciclo consolidado de cinco años (2003-2008) contra el trayecto del actual programa económico. La diferencia en la extensión temporal no es un capricho analítico, sino una restricción fáctica debido a que el gobierno en curso lleva casi tres años de gestión.
Vale la pena reparar también en los puntos de partida de ambos procesos. Si se evalúan las condiciones iniciales, la foto de 2003 era más dramática que la de 2023. La Argentina de la postconvertibilidad venía de un estallido sistémico, con una pobreza que superaba el 50%, un desempleo superior al 20%, cuasimonedas circulando en las provincias y el sistema financiero completamente congelado tras el corralito y la pesificación asimétrica.
En 2023, pese a la severa crisis inflacionaria, la restricción externa y la pérdida de ingresos, el aparato productivo estaba de pie y el desempleo operaba en mínimos históricos. El pozo de donde hubo que salir en 2003 era abismalmente más profundo.
Antes de ver los números, conviene desmontar otro concepto técnico que suele usarse para marear al transeúnte, y se trata de los términos de intercambio. Dicho en criollo, los términos de intercambio miden la relación entre el precio de lo que le vendemos al mundo (soja, maíz, trigo, carne, gas, petróleo, minerales) y el precio de lo que le compramos (bienes intermedios, bienes de capital y productos de consumo).
Se trata, básicamente, del poder de compra de nuestras exportaciones. Si los términos de intercambio suben, significa que con la misma tonelada de grano o el mismo barril de crudo podemos comprar más cosas afuera. Es el «viento de popa» medido sin pasiones ni ideología.
Y la estadística fría nos dice que hoy el país goza de los mejores términos de intercambio desde 1900. No de la última década; de los últimos 125 años. A esto se le suma un superávit comercial en bienes absolutamente récord y el aporte estructural de un complejo energético —Vaca Muerta— que en la década de 2000 no existía.
Puestos los datos sobre la mesa, la comparación habla por sí sola. No obstante, antes de avanzar hagamos un poco de maestro ciruela. ¿Qué es, en criollo, la «economía» de un país? Básicamente, el Producto Bruto Interior (PBI), o sea, la suma de todo lo que se produce, se vende y se presta dentro de nuestras fronteras en un año.
Para no aburrir con tratados de contabilidad nacional, la cosa se resume en cuatro bloques sencillos
Lo que consumimos (C): Desde un kilo de milanesas, un par de zapatillas o un celular, hasta un alquiler, un corte de pelo o la entrada para ver a No Te Va Gustar.
Lo que invertimos (I): La compra de bienes de capital, desde un camión para la fábrica y una computadora hasta la construcción de un edificio o un puente.
Lo que le vendemos al mundo (X): Nuestras exportaciones (soja, maíz, carne, autos, petróleo, gas).
Lo que le compramos al afuera (M): Todo lo que les compramos a otros países (Iphones, café, cacao, aviones, películas, hierro).
Puesto en una fórmula de pizarrón que hasta un aspirante a influencer puede entender:
PBI = C + I + X – M
Las importaciones se las restamos al total porque son bienes que produjo otro país y salieron dólares para pagarlos.
Como las exportaciones menos las importaciones (X - M) no son otra cosa que la Balanza Comercial, la ecuación se vuelve transparente: la torta nacional crece si consumimos más, si invertimos más o si nos queda un saldo a favor en el comercio exterior. En sentido inverso, la economía cae si consumimos menos, o invertimos menos o importamos más de lo que exportamos. Definición de vital importancia.
Vamos a los factos
Ahora sí directo al comparativo. En el quinquenio 2003-2008 la economía creció a la par de todos sus componentes. El consumo subió (45%), la inversión también se incrementó (120%), las exportaciones y las importaciones se multiplicaron (por 2,5 y por 4, respectivamente). No por mandato divino o intervención de los hados, sino por la implementación de un programa económico expansivo —aunque la intelligentzia va a hablar del viento de popa—.
El PBI creció a «tasas chinas» —se le dice así a los incrementos superiores al 8% anual porque a esos valores crecía la producción de la República Popular China por aquellos años— hasta que la crisis internacional de 2008 frenó la actividad global. Se trató de un crecimiento real, no de un cuento chino.
Si desagregamos los datos y las condiciones de aquel ciclo, vemos que se produjo el primer boom del precio de la soja en Chicago, con valores por tonelada que pasaron de unos US$ 200 a picos históricos de casi US$ 600. Los términos de intercambio registraron una mejora cercana al 35%, consolidando un superávit de la balanza comercial de US$ 11.000 millones anuales promedio para el período, fruto de exportaciones que saltaron de US$ 45.000 millones a más de US$ 70.000 millones.
La expansión económica se tradujo en una reducción del desempleo desde el 20,4% al 7,3%, con una generación mayoritariamente concentrada en puestos de trabajo registrados. Ese flujo ininterrumpido de dólares se reflejó en las arcas del Banco Central a tal punto que, en 2006, la administración de Néstor Kirchner canceló de un solo pago la totalidad de la deuda con el FMI por un total de US$ 10.000 millones.
Ahora repasemos los últimos 34 meses. El gráfico del PBI volvió a mostrar durante la administración libertaria el clásico serrucho argentino, con un debate infinito sobre la forma de la trayectoria: que si la recuperación era en V, si se parecía al isotipo de Nike, si era en L o, últimamente, en una desgarradora K. El hecho concreto es que hubo una caída inicial, un rebote profundamente heterogéneo y sectores enteros a los que les fue de mal a pésimo.
Al desagregar por componentes de la economía, el panorama es claro. Según datos del INDEC, el consumo interno se contrajo fuertemente —acumulando caídas de más del 8% interanual con picos de dos dígitos en rubros masivos— y la inversión cayó a dos dígitos —cerrando con desplomes cercanos al 20% anual—. En el otro extremo, las exportaciones mostraron números positivos y las importaciones se abrieron para los bienes de consumo final.
Las ventas al exterior no fueron un milagro de gestión actual, sino el resultado de la maduración de la obra pública y políticas energéticas precedentes —la estatización de YPF y la puesta en marcha del Gasoducto Néstor Kirchner, luego rebautizado Perito Moreno, fundamentalmente—. En cuanto a las importaciones, el mercado se inundó de consumo importado —hoy, sin ir más lejos, quien redacta almorzó con pan lactal brasilero—, un fenómeno que ya habíamos analizado al detallar cómo ya ni el pan es argentino.
Paradójicamente, los términos de intercambio de este período son los más altos desde 1900 y la balanza comercial marcó un récord histórico que superó los US$ 18.000 millones.
Sin embargo, ese superávit no derramó. El mercado laboral se vio marcado por una pauperización de las condiciones de contratación y por el avance voraz de las economías de plataformas, que esconden la desocupación detrás de la pantalla de un algoritmo, tal como señalamos en nuestra radiografía del trabajo en la Argentina.
Tampoco alcanzó para acumular reservas en el Banco Central, un proceso obturado por la continua formación de activos externos y la fuga de capitales que explicamos al analizar por qué los planes de ajuste fallan siempre.
El estado, la nación, no se apropió en casi nada de «los dólares que nos salen de las orejas» (Milei dixit), los sectores que crecen demandan escasa mano de obra, recurren a insumos y maquinarias importadas, y las regalías que hemos decidido cobrarles son una broma de muy mal gusto.
Para muestra basta un botón: aun con un contexto externo excepcional en precios y balanza comercial récord, la gestión de Milei tuvo que recurrir al auxilio financiero del FMI y al salvavidas del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos para cumplir con los compromisos externos. Y aun así, el riesgo país cerró esta semana en torno a los 655 puntos básicos, tras haber rozado los 450 hace apenas quince días.
Una nueva zoncera ha sido puesta al desnudo. La afirmación que sentenciaba que el crecimiento económico a tasas chinas durante la heterodoxia de 2003-2008 se debió únicamente al viento de popa ha quedado refutada. No por FACTOPÍA, sino por los factos. Las condiciones exógenas actuales en este regreso de la ortodoxia son significativamente mejores que las de aquel momento, pero la realidad demuestra que con el viento de cola solo no alcanzaba.

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